Saint Seiya Hades: Inferno

Continuación del clásico del anime "Los Caballeros del Zodíaco"

Título: Saint Seiya. Los Caballeros del Zodíaco. Capítulo de Hades: Infierno

Formato: Serie de doce episodios distribuidos en tres DVD / blu-ray.

Edición original: 2005-Toei Animation

Edición España: 2011-Selecta Visión

Idiomas: Español (2.0 Dolby Digital, 5.1, Dolby Digital, 5.1 DTS), Japonés (2.0 Dolby Digital); subtítulos en español

Formato: 4:3

Precio: 14,95 € (cada DVD)

Tres años ha habido que esperar para que la distribuidora española de las aventuras de los Caballeros del Zodíaco publicara la continuación de la Saga de Hades. Si en 2008 veía la luz el capítulo del Santuario,  la primera entrega de la que, por entonces, era la aventura final de Seiya y sus compañeros de armas, ha sido 2011 el año elegido para que podamos disfrutar (y viva la ironía) del capítulo del Infierno. Por esas curiosidades que tienen la vida y la importación de animes, por aquí nos acercábamos a una versión oficial de la serie cuando en Japón ya se estaban emitiendo los capítulos finales de la historia.  

El relato comienza justo donde terminaba el anterior: los Caballeros de Atenea han asaltado el castillo de Hades, pero las huestes del señor del inframundo se han replegado hacia los dominios infernales de aquél. La treta ejecutada por la diosa helena y Shaka de Virgo ha sido descubierta, por lo que Pandora y los tres jueces del inframundo, han decidido capturarla antes de que llegue a amenazar a su señor. Pegaso, fiel a una larga experiencia de actuaciones poco meditadas y de ataques suicidas, se bate con Radamantis, principal de los magistrados del reino de los muertos y acaba cayendo por el pozo interdimensional que une a éste con los dominios de los vivos. Dragón, Cisne y Andrómeda se disponen a seguirle, con el fin de ayudarle en la misión de llevar a Atenea su armadura de combate.  Desde el primero de los doce capítulos queda patente que la serie, al igual que el manga original, empieza a mostrar unos preocupantes signos de reiteración, no solamente argumental. Si el capítulo del Santuario había permitido que los Caballeros de Oro tomaran un merecido protagonismo, en este capítulo del Infierno volvemos al esquema habitual de “Atenea está en peligro y el quinteto habitual salta a la cancha”. Por de pronto, hay que superar el primer obstáculo, que es llegar vivo al reino de los muertos. No hay problema, pues Dokho de Libra muestra a su discípulo preferido y a sus dos compadres la existencia de un octavo sentido, que tardan unos instantes en dominar (cuando la propia Atenea y Virgo tienen poco menos que inmolarse para traspasar la frontera del hades). Comparado con el duro aprendizaje que supuso en la inmortal batalla del Santuario la adquisición del séptimo sentido, la conciencia de un nivel superior es pan comido. Una vez en las estribaciones de un infierno de configuración dantesca, los caballeros se separan inexplicablemente. Shun aterriza no lejos de donde Seiya hace la siesta, en tanto que Shiryû y Hyôga aparecen por otra parte. De Dohko no volveremos a saber nada de interés, aunque sí podremos ver a Kanon de Géminis vistiendo la armadura de su difunto gemelo. Los espectros que pululan por los dominios de Hades presentan diseños interesantes y evocan elementos provenientes no solo de la mitología griega, sino de otras como la egipcia o incluso la tolkieniana. Sin embargo, la historia cae en la repetición del esquema habitual: presentación del adversario, diálogo cargado de sentencias a cual más maniquea sobre el bien y el mal, intercambio de técnicas y victoria de los de siempre.

En descargo de la serie hay que decir que sigue a pies juntillas el desarrollo del manga, pero lo que no tiene perdón es la ejecución (y nunca mejor dicho) que se lleva a cabo a la hora de trasladarlo a la animación. Después de haber visto el despliegue de medios de los trece episodios precedentes, nos encontramos con una economía de movimientos que hace que el resultado final esté más próximo a cualquier entrega de los Fruittis que a los citados. Para desgracia de cualquier aficionado al buen anime en general y a Los Caballeros del Zodiaco en particular, el nivel de cutrerío se irá haciendo más y más acentuado hasta alcanzar cotas de auténtica miseria en las entregas que componen el episodio ambientado en los campos elíseos, motivo por el cual se han alzado algunas voces reclamando una nueva versión que permita olvidar tan mal sabor de boca.  La sensación de repetición se hace más patente cuando hace acto de presencia Orfeo de la Lira, un caballero de plata cuya historia es precisamente la de su tocayo mitológico. Con éste son ya tres los guerreros provistos de armas de cuerda, sin contar al dios Abel. Diseño y aspecto son muy similares a los de Mime de Benetnasch y en la primera de las películas de Saint Seiya –aquélla en la que se enfrentaban a la diosa de la discordia- hubo otro Orfeo de la Lira. Su aparición es otra nueva ocasión de comprobar la desidia con la que se ejecutó el proyecto, pues sus escenas están muy por debajo de las protagonizadas por su contrapartida asgardiana.  Por otra parte, la banda sonora resulta perfectamente identificable, por cuanto no deja de ser un refrito de las inolvidables composiciones que Seiji Yokoyama realizara para la serie original. Las canciones de entrada y de salida, que sí son nuevas y, como en El lienzo perdido, han sido traducidas e interpretadas en español. El resultado es el habitual, con letras un poco en la línea de “vamos a por ellos que son pocos y cobardes” (en la primera) y en la de “qué cansado estoy pero hay que luchar por la paz y el amor” (en la segunda) aunque sorprendentemente, en este último caso el resultado no es tan de festival veraniego de la canción moderna. 

En conclusión, tenemos una continuación que, ni de lejos, está a la altura del episodio del Santuario y que solo completistas que puedan aguantar los despropósitos de la animación deberían adquirir.

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