Dicen las malas lenguas que la cultura ha muerto, al menos tal y como la conocemos. Que no hay dinero para apoyar iniciativas en este sector y que por supuesto no hay un interés palpable en inversiones a corto y medio plazo. Se habla del milagro de las alternativas, que como as meigas, haberlas haylas; la privatización, los mecenazgos... pero, ¿qué pasa con el público?

Son muchas las veces que me he preguntado si realmente la culpa es del estado, y otras tantas en las que, convertido en abogado del diablo, me veo defendiendo un circuito artístico al que acuden más bien pocos, y de estos, muchos preferiríamos no pagar. Otros directamente no lo hacen. Me parece bien, estamos en crisis.

Es la misma tormenta de siempre que azotaba, incluso cuando no había crisis, a organizadores, programadores y productores que construyen y desarrollan, casi siempre por amor al arte, diferentes propuestas en las que usted, querido lector y amante de la vida cultural, preferiría no gastar un solo euro

Abran un poco sus mentes, cuenten personas, cuenten copas que se venden en las barras de los bares, cuenten entradas vendidas. Verán que no salen las cuentas. La vida del promotor cultural es una vida de ofrecer y nunca recibir, de obtener la sonrisa de un público agradecido, pero no de lucro. Ningún dueño de local que permita hacer conciertos en su miserable bar es un rácano despreciable. Decía Juan Salán de sí mismo, citando a Frank Black, “Soy un predicador del rock”. No estaba desencaminado, esto no da pasta.

Imagínense lidiando con la ‘caradurez’ de ciertos sectores de público, o más bien tribus urbanas que tradicionalmente se automarginan en las puertas de fiestas o locales, haciendo un sufrido botellón e intentando colarse para volver a salir y contarles a los colegas que se han colado.

¿Es la cultura un artículo de lujo? Seguramente. Pero no veo a cuatro punkis conspirando con un tetrabrick de vino para intentar colarse en un yate.

Siéntanse cómplices de esta nueva recesión y conviértanse en activistas. Pásense por los diferentes establecimientos que ofertan programación cultural y aunque no haya nadie actuando échense una copa, un refresco, un chocolate, un agua. Hablen con el dueño y dejen que les cuente su vida. Unas veces arriba otras abajo. 

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No deje que se lo cuenten, aprenda a pagar por la cultura, ...pero poco a poco