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El pasado viernes tuve la suerte de ser invitado a la muestra de la residencia realizada por Paloma Hurtado y Samuel Aguilar en el Auditorio de Tenerife para ver un trabajo que recibe el peculiar título de ääniä. Irme con tiempo para evitar estrés me hizo darme cuenta que a veces el estrés no tiene que ver con el tiempo. Las inmediaciones del Auditorio estaban básicamente sitiadas por la presencia de la feria para el carnaval. Una montaña grotesca de luces, chirridos y monigotes que tuve que atravesar. Sin duda, un buen preludio (aunque no agradable) para que uno se despida del mundo de lo cotidiano antes de entrar en contacto con cualquier trabajo escénico. Efectivamente, caminar entre las mal llamadas atracciones (pero es que la palabra rechacciones no existe y supongo que no tendría éxito si la usara) me sentí como dentro de una secuencia de cine de luces parpadeantes y con un diseño sonoro más que interesante, escuchando, según la transitaba, varias músicas a la vez, a cual más horrible, moviéndose y rebotando por doquier a medida que avanzaba.

Finalmente entramos en la sala-búnker del Auditorio, ese reducto para que ocurran cosas especiales, ocupado normalmente por el TDL y cedido ocasionalmente para el desarrollo de trabajos como éste. Un público curioso y variado, pues al puñado de invitados se nos sumó un considerable grupo de personas pertenecientes a la Escuela del Espectador, una iniciativa también del Auditorio y cuya función se sobreentiende con el nombre.

Hubo una intriga palpable, tal vez porque esta pareja de creadores había colaborado antes, pero nunca tan codo con codo y puede que tampoco en algo tan propio. Era fácil apostar que en lo que estábamos a punto de ver, Samuel Aguilar, reconocido y polifacético compositor, cuya pieza para siete saxofones y tanque inaugurara la última edición de Keroxen, estaría a cargo de ejecutar su música para el cuerpo sensible de Paloma Hurtado, probablemente su parangón en danza, a la que tanto y tan intensamente hemos visto bailar pero también componer piezas con un abanico de posibilidades expresivas tan amplio que casi es un paipai. Era fácil apostar por esa opción y era igual de fácil perder. Ääniä no plantea eso para nada.

Dos sillas de espalda a nosotros nos separan del espacio vacío. Al fondo del todo, mudo, un piano de pared. De resto, nada más. Los intérpretes sentados miran lo que nosotros miraríamos. Nos invitan a mirarles mirar y nos seducen con un ocultamiento que activa un conteo. ¿Cuánto nos dejarán así? ¿Cómo lo romperán? La respuesta es John Cage. Y la respuesta es una primera mitad de fino trabajo de texto, muy sujeto a un férreo tempo y en el que el cuerpo está completamente implicado. Los movimientos son sencillos y repetitivos. Las voces que se intercambian el discurso, sin mirarnos, suenan como texto pregrabado. Me pregunto solamente porque me gusta ponerme en aprietos, si estoy viendo danza o escuchando música. Cuánto de esta gran primera mitad es coreografía y cuánto movimiento. Cuánto es musicalidad y escucha. Me pregunto también si Paloma y Samuel tienen la respuesta.

Rota esta larga toma de contacto, él desaparece. Se sumerge en el piano para dejar sonar en el aire, casi hasta su desaparición, notas que juegan a dibujar a Brian Eno. Ella hace lo mismo con su instrumento. Pero tampoco la bailarina se mueve al son del músico. La pareja, tal vez por intuición, ha encontrado que tiene un cuerpo mutuo. Un cuerpo volátil que aparece sin verse solo a ratos, un cuerpo que sostener en escena entre ambos, como un hijo que se desvanece.

Me leí Silencio de John Cage allá por 2002 y se convirtió en otro libro de mesa de noche. El texto de ääniä es una de las conferencias – partitura del mítico músico estadounidense. Pero no es solo el texto lo que aquí hay de Cage. Hay una reflexión sobre el sonido, sobre qué es, sobre por qué emitirlo. Tema para una tesis doctoral del que es imposible dar más que una pincelada en una muestra como la compartida, pero que apunta a convertirse en algo más que interesante. Sobre todo, en mi opinión, si sus intérpretes y creadores abandonan toda creencia de saber lo que se está haciendo (por decirlo de algún modo) y se abandonan a las peticiones antigravitatorias que su propia obra les hace por todas partes. Y si siguen apostando fuerte, sin anteponer la forma a un concepto misterioso como es el de silencio.

Por cierto, la gente de la escuela del espectador fue víctima de un experimento curioso. Divididos en dos grupos, uno vio la pieza sin música y otro escuchó la música sin verla. Luego, ya todos juntos, la volvieron a disfrutar por completo. Las opiniones fueron más que interesantes, aunque puede que la imagen que más resonara fuera la de una pieza como un jardín zen, que se ara con su rastrillo. Seguiremos espiando las andadas de estos dos personajes, porque tras esta propuesta, prometen.

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¡Ah! ¡Otra cosa más!
 

Las fotos de esta entrada han sido cedidas por los artistas y las he manipulado un poquito para que quedaran mejor.

Y ääniä es una palabra finlandesa y significa 'sonidos'. 

Sería bonito también echar un vistazo a la pieza 'Y por qué John Cage', de Gillem Mont de Palol i Jorge Dutor, que ya estuvieron hace poco por Tenerife con 'Los micrófonos'. No dejar fuera que el humor pueda pasar a formar parte de este trabajo también podría ser un aliciente interesante que seguro lo aligeraría aún más. 

 

 

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