Libros que esperan ser encontrados

En un estrecho pasillo del número 7 de la calle El juego en La Laguna, los libros respiran, vuelan, descansan, cobran vida... Allí los motores de La sala de máquinas ponen en marcha el mecanismo por el cual el sueño de la cultura libre y cercana se hace real. No es una librería al uso, es un rincón dedicado a los amantes de la lectura. “Es pequeña como una palabra, por eso grande como el espacio interior que esa palabra conquista. La palabra sería libro, pero también persona”.

Jesús Cabrera Mendoza

La aparición de la crisis económica ha originado la emersión de un nuevo mercado, el de la segunda mano. “Reutilizar” es la palabra clave de esta nueva tendencia que, si bien no deja de tener un trasfondo asociado a un cambio de conciencia, hay quienes la entienden como una moda pasajera inserta en las nuevas necesidades de una sociedad consumista. Pero La sala de máquinas tampoco es solo una tienda de libros de segunda mano, es además un modelo 'revolucionario' de agitar la cultura sin seguir los imperativos del mercado editorial. “Una definición de cultura que me sirve y me ilusiona es que la cultura es la alegría. Tendemos a confundirla con el consumo cultural. La cultura es, tal vez, la capacidad de admirarnos por la belleza. Claro, y no tiene por qué ser rentable, es un alimento que nos diferencia de la brutalidad, por eso regalar un libro es casi regalar belleza, aunque suene a demagogia (ojo: ser alguien culto no significa ser sensible, feliz o buena persona, hay sobrados ejemplos que lo demuestran)”, nos cuenta María José (Pepa) Alemán Bastarrica (San Cristóbal de La Laguna, 1967), quien cada tarde se pone el mono de librera para atender con una gran sonrisa y mucho juicio a todo aquel que se acerque con ganas de leer.

Solo hay que asomarse en este acogedor establecimiento ubicado a la entrada del popular Café Siete para darse cuenta de que está montado con una clara vocación librera. Para Pepa Alemán, “hemos confundido la cultura subvencionada con el acceso a la cultura. Sería ideal una sociedad en la que consumir cultura no fuera un lujo, sino un derecho y un deber que nos haría a todos más felices”. Toda una declaración de intenciones de alguien que se siente “en deuda con los libros” y con las personas que le enseñaron “a amarlos”: “Casi diría que soy afortunada porque en La sala de máquinas he encontrado una fórmula que me permite ser como una madre de libros, que los acoge, los cuida y los suelta cuando les toca marchar”.

Jesús Cabrera Mendoza

Una mudanza, falta de espacio, temas de limpieza, simple aburrimiento o el transcurrir de la vida son algunos de los motivos que llevan a muchos libros a encontrar una segunda oportunidad en este local lagunero. Son donaciones particulares de novelas, ensayos, diccionarios, poesía, divulgación, enciclopedias o manuales que muchas veces, amontonados en el suelo o en cajas, aguardan a la entrada la llegada de Pepa para que les abra la puerta de su nuevo hogar. Allí, ordenados en estanterías, apilados en el suelo o colocados en expositores esperan a que alguien quiera ser su nuevo mejor amigo. “El que visita La sala de máquinas encuentra una portada que le recuerda a su infancia, encuentra literatura descatalogada, pero no la que busca, sino la que hay aquí, embotella, encuentra un espacio donde el tiempo se paró, echa la tarde y no mira el reloj porque la montaña de libros lo ha sepultado”, explica Pepa. En La sala de máquinas los tesoros no se rastrean, se disfrutan. “Siempre que alguien viene buscando un libro le invito a que encuentre, no ése, otro libro. Es el gran dilema de la segunda mano o por lo menos en mi experiencia. Vamos a la primera mano buscando, en la segunda solo se puede encontrar”, afirma.

¿Y quién los encuentra? Cualquiera. Cada día se acercan personas de todas las edades y condiciones sociales, y todas ellas tienen una intrahistoria relatada en alguno de los libros que Pepa acoge en su rincón dedicado a la palabra. La intención no solo es evitar que obtener un libro, y por tanto, educación y cultura, se convierta en un lujo por la falta de recursos económicos, también contribuye a mejorar el medioambiente apostando por un mundo editorial más sano, a pesar de que los avances tecnológicos devoran la realidad social. “Creo en las personas y en la capacidad que tenemos de regularnos –dice Pepa al respecto. Probablemente La sala de máquinas lo que tiene es su público, es decir, está dirigido al tipo de gente que la necesita, por aquello de dios los cría y ellos se juntan”.

Jesús Cabrera Mendoza

Aun así, un establecimiento de estas características no deja de ser un acto subversivo si se tiene en cuenta que en 2015 la venta de libros de bolsillo ya ha sido superada por la de electrónicos. Sin embargo, para una amante de los las letras como Pepa Alemán, lo que importa no es el formato, sino la accesibilidad a la lectura. “Llevo casi tres años de cara al público, detrás de los libros y reconozco que me he sorprendido de la cantidad de gente que lee y de la variedad de lo que se lee. Todos leemos, aunque no nos demos cuenta. No soy fundamentalista del papel, lo suyo es leer, da igual el formato, lo que sí soy es romántica y prefiero una portada que un bit”.

Y es que en ocasiones el omnipotente mundo de los dispositivos electrónicos que nos resuelven la vida ocultan el placer de tocar las páginas de papel. “Me asusto cuando a veces pasa gente que parecen personas sensatas y miran hacia dentro, miran a los libros, me miran a mí, como si de verdad no supieran qué es una persona, como si de verdad no supieran para qué sirve un libro”, nos relata Pepa con sorpresa.

Lo que no quiere decir que La sala de máquinas sea ajena al universo de las nuevas tecnologías, sobre todo en lo que concierne a los nuevos canales de comunicación –tiene un blog, http://librosalademaquinas.blogspot.com.es/, y una página en Facebook, https://www.facebook.com/salademaquinas.libros–, pero el uso que hace de ellos, en la línea de su filosofía, nada tiene que ver con el marketing digital, su acercamiento a los seguidores es mucho más original que la del común de las gentes. “No hay demasiada intención, no hay pretensiones, por eso tampoco hay resistencias, solo curiosidad”, dice. Casi anecdóticamente, ha surgido como una manera de “dejarse llevar por la gente y por su curiosidad”. “La ventana, por ejemplo, [una serie de publicaciones en las que fotografía a los transeúntes que se paran junto al escaparate] fueron personas las que se asomaron al escaparate la primera vez, de ellas nació la idea de esa ventana que mira al mundo, era imposible no verlo”.

Otro ejemplo de cómo acercar los libros a las personas y viceversa son “las huellas” que muchas veces se quedan olvidadas en los ejemplares, “fotos, flores...” y que terminan formando parte de la decoración del local. Porque, si bien “todo es muy sugerente”, “lo que más” impulsa esta comunicación son “los libros y sus vidas, lo que traen, lo que son, me dan mucha ternura y me inspiran”.

“Siempre he vivido en casas con libros. Me crie en una de ellas. Ahora no sé vivir sin su compañía”, dice Pepa. Por ello, en La sala de máquinas los libros dejan de ser objetos para convertirse en compañía, en la mejor conversación. Si quieres a los libros casi tanto como Pepa Alemán, pásate por este “sueño heredado y la consecuencia de seguir el consejo de un buen amigo”,  allí te esperan grandes momentos. 

 

Fotos La sala de máquinas - Jesús Cabrera Mendoza.- La ventana: propias de la página de Facebook del establecimiento

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