Es a la fulgurante adolescencia mental  e ideológica de románticos y, sobre todo, de simbolistas y “poetas malditos” (de Byron a Poe, de Baudelaire a Artaud) a quienes debemos la glorificación del mal entendido como provocación y repulsa del otro mal: la hiriente banalización de la existencia, escudada en los cómodamente ridículos corsés que sostienen el modo de vida burgués. Esa sacralización del mal con mayúsculas nos ha dejado algunas de las obras de arte y del pensamiento cumbres de nuestra civilización, pero también nos ha dejado determinadas visiones excesivamente mitificadoras, tendentes a crear espejismos y coartadas a realidades que, simplemente, son lo que son.

La primera en alzar la voz frente a ello –y pagar un duro precio en su momento en consecuencia- fue Hannah Arendt. La lectura de 'Eichmann en Jerusalén' cobra una inusitada vigencia en estos tiempos extraños y -por momentos- idiotas que nos ha tocado vivir. Cuando Arendt (la reciente película sobre ella recoge con pulso firme este episodio crucial en su vida y pensamiento) acude a Israel para asistir al juicio de Adolf Eichmann, que había sido secuestrado por los cazanazis judíos para dar cuenta de sus crímenes en Israel, esta espera encontrarse con uno de los jerarcas del mayor sistema genocida proyectado por el ser humano, es decir, con la reencarnación y la quintaesencia del Mal. Alguien que ha estado a cargo de gestionar la “solución final”, de administrar esos campos de exterminio debía representar algo así como ir al encuentro del demonio hecho carne, la posibilidad lanzarse al abismo de las profundidades de la náusea y el horror al que puede llegar la mente humana. Pero la “decepción” es mayúscula. Eichmann es, básicamente un gilipollas. Un tipo mediocre, sin ningún brillo, por muy oscuro que este pudiera ser. Uno más del montón, que hubiera pasado sin pena ni gloria de no ser porque le tocó estar en el sitio y en el momento en que se necesitaba que decenas de miles de personas “sin atributos” ejercieran de vulgares funcionarios de un exterminio. Si el holocausto fue posible, resuelve la pensadora alemana, es debido a que determinadas circunstancias sociales, incluida la colaboración y/o pasividad de millones de europeos y sus gobiernos (también de algunos sectores de la propia comunidad hebrea) ese horror se puede dar. Nada de brillantes y perversas mentes pergeñando uno de los horrores más inimaginables que se puedan concebir. El horror ocurre cuando se dan las circunstancias. Y su sumo sacerdote puede ser el vecino de abajo al que ves tender la ropa los sábados por la mañana.

Eso fue lo que Arendt denominó “la banalidad del mal”. Y entender y, sobre todo, asumir este terrible descubrimiento sobre el comportamiento humano debería ser un paso obligado para intentar oponerse a ese mal, precisamente. En la alucinante y sobrecogedora pesadilla de documental que es 'The Act of Killing' se puede encontrar un perfecto ejemplo de lo que defiende esta tesis. Tras el golpe de estado en Indonesia en 1965, una pandilla de kinkis callejeros, patéticos excrementos del lumpen más mediocre, se convierten en asesinos sistemáticos de más de un millón de indonesios por la sospecha de ser comunista, o por ser de etnia china, o, simplemente, por placer. Enfrentarse a la imagen de esa caterva de pobres diablos que se creen alguien por el hecho de ser asesinos en masa es una muestra de que el Mal más absoluto encuentra un continente perfecto en la idiotez más superficial. O como en esa terrible anécdota que relata Bolaño de los tiempos de la dictadura en Chile en que, en el transcurso de una cena en casa de un jefe de policía en tiempos de Pinochet, una pintora, de entre los artistas que habían sido invitados, mientras busca el baño de la casa, abre una de las puertas para encontrarse con un encadenado malherido por las torturas a las que estaba siendo sometido, y lo que hace es pedir perdón por equivocarse, cerrar la puerta, y volver para seguir departiendo en la animada velada.

Se cumplen 20 años del estreno de 'El odio' y todo lo que tiene de brillante análisis esa película fracasa en no prever (era imposible) hacia dónde irían los derroteros de la respuesta a la marginación. En la película, que muestra la banlieu en llamas de París, se denuncia la marginación de musulmanes y negros en la “democrática” Francia, se anuncia brillantemente el negro futuro (“es la historia de un tipo que cae de un piso 50, en la caída se repite, de momento, todo va bien…”) pero no hay el más mínimo atisbo religioso. Hace 20 años la periferia urbana y social de Francia no conocía –ni quería- el fanatismo. Es un fenómeno paralelo al ocurrido con la lengua española en EEUU. Hace 20 años todo el mundo apostaba por su desaparición entre las jóvenes generaciones de hispanos. Hoy su crecimiento es imparable frente al inglés, debido a que esos sectores poblacionales la han adoptado como arma de identidad y defensa ante el desprecio de la comunidad anglosajona.

Los asesinos islamistas de París responden perfectamente al modelo 'Eichmann', lo único que les separa de él son el momento y el lugar que les ha tocado vivir. Seres absolutamente mediocres, en medio de un patético cóctel ideológico, han encontrado la manera de “ser alguien”. Justo lo que les pasa (más allá de la evidente razón económica) a los militantes del Estado Islámico. Un rapero mediocre y su hermano, condenado por la discriminación previsible por su condición de árabe y musulmán y su incapacidad para sobreponerse a esa misma marginación, encuentran en ese refrito ideológico que es el yihadismo la oportunidad de sentirse protagonistas de algo, tal y como le sucediera al patético oficinista alemán en los años 30. No en vano el término favorito para referirse a los islamistas en la plantilla del Charlie Hebdo es “les cons”, “los gilipollas”. Gente, como tristemente se ha podido comprobar, peligrosamente lúcida.

Muchos culpan estos días a las religiones. Disiento. El ateísmo debe, por definición, evitar convertirse en otro fundamentalismo. Un ateo asume, no discrimina. Muestra, no rechaza. Un ateo resiste, porque ve más allá. El ateísmo es un ejercicio de verdadera libertad. La descreencia racional es su base y debe estar por encima de cualquier odio o recelo. El ateísmo es un humanismo. No es extraño que Houellebecq (aunque sea una maniobra de simple autobombo o provocación) haya renunciado a él (es un lugar común en la historia de la literatura). La descreencia señala al idiota, por eso este siempre reacciona mal. La descreencia es la libertad absoluta y debe defender esa libertad, incluida la del idiota capaz de creer que hace gracia una pseudosátira homófoba en forma de letra murguera. Sartre decía que el infierno son los otros y, en el infierno, no hay demonio, solo idiotas.

Sartre decía que el infierno son los otros y, en el infierno, no hay demonio, solo idiotas.