“usted que comprende que no elegimos entre una transición hacia la economía de mercado y una transición criminalizada. La elección era entre una transición criminalizada y la guerra civil.”
Yegor Gaidar, ex primer ministro ruso.

 

Que nos encontramos en momentos decisivos para el devenir del país es una obviedad que no hace falta comentarla de puertas para adentro. Incluso en el exterior, España aparece, de nuevo, como en los 30 en la confrontación fascismo-liberalismo-comunismo, o en los 70 como modelo de transición dictadura-democracia, como objeto de interés para muchas mentes pensantes de Europa y resto del mundo. No citaré aquí la cada vez más abultada hemeroteca de artículos de medios de comunicación mundiales sobre lo que se cuece en nuestro país. Mejor un detalle más que significativo de hasta dónde llega lo que está  en juego en la tierra que vio nacer por igual a Unamuno y a Millán-Astray. En la celebración televisada del 40 aniversario del Saturday Night Live, Bill Murray hizo, sin venir a cuento, una de sus hieráticas e insondables escenas acompañadas de un gag apto solo para iniciados, algo así como limitarse a decir un simple “atención, última hora, no…nos comunican que, lamentablemente, el Generalísimo Francisco Franco sigue muerto…” recibida con grandes aplausos por parte de la progresía neoyorquina que fue capaz de captar la acidez del criptochiste.

Andamos, pues, sobreexcitados este año electoral entre unos y otros. Los hay que ponen el grito en el cielo clamando cómo es posible que haya millones de españoles que comulguen con la corrupción votando a los partidos que han provocado esta 'tangentópolis' a la española que estamos viviendo. Otros se enzarzan en la vieja polémica de si 'antiguos o modernos'. Otros que si 'izquierdas o derechas'. Los amigos del 'statu quo' (traducido en “a mí mientras me toque algo de lo bueno y nada de lo malo”) intercambian miradas de desconfianza ante el miedo al supuesto criptofalangista disfrazado de centrista liberal o ante el peligroso bolivariano bolchevique disfrazado de socialdemócrata. Se parte de un punto que no termina de asumir un hecho fundamental para entender quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos: España es un país de CULTURA CATÓLICA. Nótese que digo cultura y no religión.

Ya hemos comentado aquí con anterioridad cómo fue Walter Benjamin el que, desde su perspectiva, completó las tesis weberianas con su afilada mirada heterodoxa. El capitalismo moderno no era una consecuencia de la reforma protestante. En 'El capitalismo como religión', Benjamin certifica que el capitalismo es un modo de gestionar las relaciones humanas, una cultura, que surge en el interior de la religión cristiana para fagocitarla y convertirse en el sistema de creencias y relaciones que da sentido a la vida moderna, que ofrece un lugar en el mundo.

No es una casualidad que los países que conocieron la reforma protestante, basadas en el individualismo liberal, hayan sido aquellos que han desarrollado las más avanzadas etapas del capitalismo y sean aquellos que menos sufren las consecuencias que la gran crisis que vivimos tiene en tanto que enorme reajuste hacia la maduración de un sistema. El capitalismo, por mucho que duela, no está en declive, solo está llegando a su pubertad. Por resumirlo de algún modo, los países que no han tenido un Lutero son los que más están pagando las consecuencias de este reajuste (de Portugal a Grecia, pasando por España, Rumanía o Rusia) Cabe recordar aquí que Lutero, paradójicamente, no era un protestante como tal, él solo inició un movimiento de protesta ante lo que consideraba el aberrante estado de corrupción de la iglesia católica de Roma (¿les suena?) Lutero solo quería acabar con la corrupción, sin entender que ya había fuerzas de opinión en una parte de Europa que no quería transformar lo ya existente, sino romper de lleno con Roma, para no poner freno a las corrientes ideológicas que propugnaban el amanecer del individualismo moderno. Los lobeznos querían devorar a la loba.

El catolicismo, como la iglesia ortodoxa, en general el cristianismo papista no protestante, se basa en dos elementos fundamentales: la institución por encima del individuo –el sometimiento y la obediencia debida- y el miedo –al más allá y el más acá- conformado en esa gran figura de control totalitario que es la confesión. La mentalidad no protestante tiende por tanto a ser obedientemente corporativa, recela de la individualidad, la inteligencia creativa, de la libertad y de la ciencia mientras se somete de un modo naturalmente conservador a la ley de la colectividad institucional. No es casualidad que, en pleno proceso de revolución ilustrada en el Siglo de las Luces, el modo que esta tuvo de manifestarse en estos países (eso en los que pudo manifestarse, pensemos en Rusia, cuyo zar ilustrado Pedro I el Grande terminó por desesperarse ante la salvaje cerrazón de sus propios súbditos) fue bajo la forma del despotismo ilustrado. De arriba a abajo, es decir, manteniendo unas pautas no protestantes. Esa tensión en Francia llevó a que se tuviera que resolver de manera sangrienta en forma de revolución.

España, como bastión de la Contrarreforma, históricamente dio muestras de cómo el pueblo manifestaba un paradójico orgullo reaccionario y ultraconservador como modelo de rebeldía que hoy incluso es celebrado: el motín de Esquilache, el apoyo a Fernando VII al grito de “Vivan las cadenas” o, incluso, el levantamiento en contra de la ocupación napoleónica. Si nos fijamos, y es algo de lo que se ha acusado a la transición política española, ese modelo cultural y político 'de arriba hacia abajo' de 'todo para el pueblo pero sin el pueblo (y con su consentimiento, por cierto)' es el que ha calado durante siglos en nuestra sociedad. Felipe González aparece quizá, como el último gran eslabón de esa cadena despótica y, ante todo, católica (espero que ya a estas alturas del palique podamos aceptar el calificativo como político-cultural y no religioso). El PSOE y una gran parte de la izquierda española, por muy progresista, revolucionaria o atea que haya querido aparecer y sentirse, tiene pautas de acción y pensamiento católicas (solo así podemos entender la situación andaluza). Los grandes logros sociales han ido aparejados de un anquilosamiento institucionalista y 'corporativista', 'gremial' y 'conservador' en su cosmovisión que reside, por otro lado, en el ADN de la sociedad que ha aspirado a cambiar.

Incluso los partidos que vienen a revolucionar el panorama político español han tenido que partir de la propia premisa que buscan romper. Y no es culpa de ellos. Podemos y Ciudadanos (grave error que no asuman, en lenguaje marxista, que son y deben ser 'compañeros de viaje') se conforman, de momento, como partidos personalistas, porque no queda otra, por mucho que se disgusten los sectores más extremistas y utópicos de alguno de ellos. Quizá el más hábil movimiento de Pablo Iglesias para evitar convertirse en un nuevo González, haya sido quitarse de encima al destinado a ser el nuevo Alfonso Guerra (ese que una noche cenando te la arruina haciendo una exégesis improvisada de 'Muerte en Venecia' como método para demostrar su brillantez intelectual). O quizá sea el paso para repetir los mismos errores. De todos modos, eso dependerá del estado de evolución de nuestra sociedad. Hay visos de avance, y esa radiografía de hasta dónde este país está cambiando desde abajo (o más bien, en su horizontalidad), la vamos a obtener en forma de resultado electoral a lo largo de estos meses. Pero no solo debe ser en el campo de la política. Hablamos de un nuevo modo de entender la sociedad y sus relaciones. Sentar las bases de una verdadera sociedad libre y democrática, en el que el individuo no esté sometido al yugo de lo corporativo, sea del signo que sea. Necesitamos no uno, sino miles de Luteros. Quizá el primer paso para ello sea votar este año con conciencia no católica. De todos modos, no desesperemos, el camino es largo, quizá demasiado. Pero es lo que conlleva aceptar la dimensión finita a la vez que grandiosa y LIBRE del individuo.