Lo más interesante (también lo más denostado por muchos de sus lectores) de la última y exitosa novela ‘El chino’ de Henning Mankell se encuentra en el análisis de presente y las hipótesis del futuro desarrollo de China como potencia llamada a tener un papel hegemónico mundial. El novelista sueco, buen conocedor de la realidad africana, advierte sobre el nuevo proceso de colonización que el gigante chino, ávido de materias primas, ha comenzado a desarrollar a lo largo del continente africano. Se trata de una colonización más bien económica. A los chinos les da igual lo que suceda políticamente en el país de turno, siempre que les dejen llevar a cabo la explotación de sus riquezas, a cambio de tecnología y productos provenientes del país asiático. Este proceso de colonización sirve a Mankell para reflexionar sobre los derroteros que ha tomado el concepto de revolución y desarrollo de la sociedad china, desde los tiempos de la Revolución Cultural de Mao hasta el hiperdesarrollo capitalista actual. Y es que la clave del éxito que ha llevado a China a aspirar a ser, en breve, la primera potencia económica del mundo, se halla precisamente en lo idóneo de su sistema, más allá de la proverbial capacidad de trabajo y tenacidad que el pueblo chino ha demostrado a lo largo de la historia. Si en Occidente seguimos empeñados en el absurdo debate sobre la libertad y el liberalismo, esa batalla ideológica sobre intervencionismo o liberalización (que si el ‘laissez faire’, que si la socialdemocracia, que si el control de los mercados y blablabla) tan en boga en los ‘think tanks’ y foros de toda índole, en la potencia asiática han desarrollado el perfecto modelo para llevar hasta el límite las posibilidades del capitalismo, admitiendo la libertad del mercado (aparente eso sí), pero perfectamente controlada por el poderoso aparato estatal heredado del régimen comunista. Combinando el totalitarismo político con un capitalismo salvaje, algo que podríamos llamar como nacionalcapitalismo, China está demostrando que la mejor manera de desarrollar hasta sus últimas posibilidades el sistema capitalista es, justamente, basarlo en un férreo control totalitario por parte del estado, paradoja que, por circunstancias históricas y cortedad de miras de sus dirigentes, no supieron desarrollar los rusos. Controlando con firmeza desde arriba el proceso, purgando con la horca de vez en cuando a un par de cabezas de turco para simular limpieza y sometiendo a la fuerza de trabajo a las condiciones más extremas, el modelo chino está llamado a dominar el mundo en las próximas décadas. Hacen bien nuestros políticos autonómicos en intentar poner una pica en Flandes en el coloso asiático. Canarias puede convertirse en perfecta punta de lanza de este nuevo colonialismo, sobre todo en África, entendiendo con claridad el mensaje que del éxito chino se debe extraer y estableciéndolo de manera ya definitiva: que capital y derechos humanos son términos irreconciliables y que, si se es listo, se debe saber por cuál tomar partido.EL CHINO “En una colectividad revolucionaria, el liberalismo es extremadamente perjudicial.” Mao Tse Tung, ‘Contra el liberalismo’