“Los hombres infelices son todos parecidos” Jed Rubenfeld, ‘La interpretación del asesinato’

El gran fracaso del derecho penal y la justicia en general es no haber entendido la división clara que existe entre crimen y patología. El tratamiento generalista propuesto para reprimir y penar el crimen como un hecho humano global y homogéneo hace que nos encontremos ante una quiebra que suma desatinos y más dolor. La anulación de la ya tristemente famosa doctrina Parot nos ofrece un perfecto ejemplo. La concepción y trato común ofrecido a los dos grandes bloques de presos y la reacción ofrecida ante su excarcelación confirman, más si cabe, el grado de confusión y la peligrosa espiral que no acaba de romperse. En otras palabras, un terrorista es un asesino y un comemierdas, pero nunca un enfermo: Kubati, Mohamed Atta, Andreas Baader, Anders Breivik (pienso en la lucecita roja de alarma en la NSA que acaba de encender mi Microsoft Word ante esta enumeración) son todo lo nauseabundo que se puede llegar a ser como humano, pero no sufren patología alguna. Un terrorista, de hecho, puede dejar de serlo, solo necesita una orden de su inmediato superior o una repentina “iluminación” para dejar de sembrar el terror y la muerte a causa de sus pajas mentales y complejos de inferioridad que nada tienen que ver con lo patológico, sino con lo adolescente.

Un violador, un asesino en serie o un maltratador (no solo de género), en cambio, son enfermos sin posibilidad de cura. Utilizar el término rehabilitación en este caso es una absoluta temeridad (y me importa un huevo lo que opinen al respecto los últimos estudios de la psicología del comportamiento, la neuropsiquiatría o similares). La enfermedad nunca desaparece, siempre acecha, es, intrínsecamente, biológica. Si se manifiesta, ya nunca se va del todo. Se cometió un error (por muchos intencionado) al priorizar el escándalo de las excarcelaciones en torno a la salida de etarras. Lo único que les queda por hacer en la vida a esos soplagaitas es irse a sus casas, con sus familiares y los pringados que simpatizan con ellos a tirar cuatro petardos, cantando las ridículas canciones de exaltación patriótica de turno, como hacen los fascistoides de todos los bandos. Harán como que es una victoria, demostrando que el rebenque nunca deja de serlo del todo. Como si hubiera alguna victoria en haber causado tanto dolor y muerte en nombre de no sé qué coño bandera y, encima, para total solo haber conseguido cierto trato preferente en el reparto competencial.

Ya lo dije hace unos años: tan cruelmente  ridículos como ver a los Who cantar aquello de “Espero morir antes de envejecer”.  En cambio, pienso en la soledad y el pánico de las otras víctimas y de sus familiares. Pienso en la soledad y el pánico de todos nosotros, al ver las imágenes de esos otros depredadores sueltos de nuevo en las calles. Pienso en el enorme error y en las posibles víctimas futuras, fruto de la trágica combinación de los dos elementos más peligrosos que existen: la incompetencia y la homogeneización. Pienso en la Enfermedad, en el Mal absoluto, tratados por una especie de doctores de la ley, confiados en la esperanza y la bondad humanas. Y me refugio en Cormac McCarthy, en Richard Ford, en Clint Eastwood, en Truman Capote o en Bolaño, en la gran narrativa que mira a la cara a todo ese Mal. A veces, el esnobismo salva de la locura definitiva.

Escucha recomendada para la lectura: Joy Division ‘They Walked In Line

 

Ampliación del Campo de Batalla, Diciembre 2013 - Enero 2014