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Pienso en una de las escenas finales de la peli alemana que sin querer ha dado título a esta entrada, donde el personaje del dramaturgo, ya en la Alemania reunificada, descubre que su piso había sido microfoneado por la Stasi. Perplejo, no se explica cómo puede haber salido ileso de la trama si se conocían todos sus movimientos ¿Qué es lo que hace entonces? Nada más y nada menos que acudir a un archivo. Expone su caso. Recorre largos pasillos con una funcionaria, que le da montañas de carpetas con las trascripciones mecanografiadas que la policía del régimen había realizado de todos sus movimientos y conversaciones. Su vida cotidiana en aquella casa recogida durante años en pilas de papel.

Esta escena, nada dramática ni intensa, más bien utilitaria, que lleva la narración de una cosa a otra, se me quedó clavada. A veces pasa con algunas películas lo que con algunas personas, que portan detalles capaces de agarrarse a algún lugar del que ya no se van, aunque se vayan. Me pregunto cuántas veces se debe a la agudeza del detalle, su potencia, y cuántas a que la zona en la que enganchan sea especialmente sensible a recibirlos, como tal vez ocurre con el mecanismo del aprendizaje. Aquí en concreto no tengo ni idea de qué es. Solo se que la peli me mantuvo a un palmo del asiénto y al acabar necesité los vinos y la conversación larga para respirar de nuevo con normalidad. Qué movida, ¿no? Debe ser la mejor parte de ver pelis acompañado. Y al contrario, si uno suele acabar en estas situaciones a solas, puede encontrarse ahí el origen del síndrome de sentir que uno tiene tanto por compartir (pero esa sensación ha de llamarse de alguna manera, fijo, porque el nombre que me acabo de inventar para ese síndrome no es nada comercial. A lo mejor se llama simplemente soledad).

A solas o acompañada, es difícil que cualquier persona no salga conmovida, incluso removida, de 'O estado salvaxe. Espanha, 1939', de Pablo Fidalgo. Esta afirmación ha sido dermatológicamente testada en humanos el pasado viernes en el LEAL.LAV. Pero es que además estoy seguro de que quienes tuvimos la suerte de llenar la sala nos fuimos pensando que acabábamos de ver uno de esos trabajos que tendría que ver todo el mundo. La pieza tiene dos partes (y un bis tan incontrolable y maravilloso como la vida, porque es la vida).

La primera: CINE DE BARRIO.

Oscuro. Se proyecta una película. Está realiada con fragmentos de películas caseras rodadas en super-8. (¡Uy, no! En 8, un formato anterior, aún no super, el propio Pablo me lo corrigió). En la pantalla una colección de escenas domésticas, los momentos que una familia considera que han de quedar preservados para algo llamado posteridad. Domésticos, decimos, por convención. El paso del tiempo y una mirada nueva nos permiten ver que lo doméstico es una piel de cebolla a la que suceden otras capas más profundas y gruesas.

Vemos la sobremesa del domingo en casa, cuando nos reuníamos. El tiovivo que volvía cada año con la feria. Aquel cumpleaños. El día que alquilamos lanchas de pedales. La merienda de todos los pequeños. Los castillos de arena que hacíamos. La escenografía para una felicidad construida con colores apastelados y luz saturada, que se mezclan al pastel del color de la memoria, a la sobreexposición del recuerdo. Imágenes que son elipsis temporales en la historia de una familia y que suponen otra elipsis: la de las imágenes invisibles, no grabadas, un fuera de plano registrado solo en lo vivido, imposible de proyectar tan fácilmente en la pantalla del otro.

Vemos en la sucesión de escenas cómo algunos personajes cambian con el tiempo (pero, ¿podemos llamarles personajes?). Sobre las secuencias, la voz del propio Pablo Fidalgo. Ahí, al audio del vídeo es donde la ha relegado para hablarnos sin dirigirse a nosotros, para comentar las imágenes sin referirlas con exactitud. La imagen ya es exacta en su imprecisión. De algún modo, es con ellas con quienes dialoga, interrogándolas, exigiéndoles que le den algo del recuerdo que ocultan, algo no contado. Ahí también es el sitio donde Pablo ha colocado parte del texto de su pieza, ocultándose tras él como un autor que mirara lo que ocurre en escena desde las bambalinas, ahí, en ese teatrillo, la palabra como máscara.

Porque esa voz que es la grabación de la suya tampoco se dice solamente a sí misma. El texto en primera persona se pone en el lugar imaginado y conocido de quien rodara las películas, en esa necesidad real de grabar. La voz de su abuelo (y todos los abuelos), padre de familia en la postguerra española (y todos los padres de familia). Sus palabras crean un mantra que acuna las imágenes, una nana terrible que no pierde naturalidad (hay errores, tropiezos y correcciones en lo que escuchamos, como en las imágenes, errores que nos reafirman el presente, el nuestro como espectadores, trayendo el relato y la imagen con nosotros). Una naturalidad que permite la entrada de la poesía, al hablar de la relación entre imagen y memoria, sobre la pérdida de la vista (y más cosas) o cuando la voz se interroga sobre el papel que ha jugado en su familia, el tiempo perdido, las metiras contadas y creídas.

La segunda: UNA CARTA.

Acabada la película, se enciende levemente un foco que nos trae el paso lento de unos tacones. Ante nosotros, la única performer de la pieza. Se presenta. Su nombre es María Mercedes. Tiene 86 años recién cumplidos. Ha viajado desde Vigo para acompañarnos. Es la abuela de Pablo, y antes de ir a sentarse a la mesa del fondo nos dice: 'Probablemente han muchos han venido a ver una obra de teatro. Pero esto no es una obra de teatro, es un acto de vida'.

Sobre la mesa, a la luz de un flexo, primero coloca distintas fotografías antiguas en las que aparece. Se proyectan en la pantalla. Luego nos lee una carta escrita para sus nietas. Para contar su vida y que sus nietas accedan a saber quién fue. Para saber también el país y el contexto que la hicieron ser algunas cosas y no otras, el esfuerzo para conseguir lo poco que era posible. Para mostrar arrepentimiento, impotencia o resignación. E ingenuidad, todavía. Para reirse de sí misma. Para que todo eso se sepa. Y para que de algún modo podamos ver otra película, no grabada, presente en la memoria de una mujer (todas las mujeres). Solo que en el relato, sin las elipsis del vídeo doméstico. Sin cortes que contengan la ficción de los recuerdos grabados. Una carta sin distinción entre la vida familiar, sus alegrías, unas tremendas ganas de vivir, el amor a lo largo del tiempo y lo otro: un profundo terror, silencioso, casi imperceptible, debajo de todo, encadenando las frases una a otra. Hubiera sido muy fácil que otro, con una idea similar, hubiera caído en cierto sentimentalismo y no hubiese podido resistirse a la tentación de incluir el efectismo del drama. Pero el público nota que en esta propuesta no hay una idea, sino una necesidad.

Por suerte y casualidad, fui a ver esta pieza con mi hermana. Fue genial que esto fuera así. Por lo poco que a los dos nos han contado sobre el pasado de nuestra familia. Por el miedo de nuestros padres, que les hace creer de verdad que hay cosas de las que es mejor no hablar. Por sentir a mi hermana retorciéndose ante lo sugerido pero no contado por María Mercedes y a la vez completamente enternecida por su forma de contarlo. Por saber que ella me estaba sintiendo a mí igual, tragándome los mismos nudos y sonriendo con las mismas cosas.

Días más tarde le cuento a una colega que estoy escribiendo esta crónica y le explico de qué trata la pieza. "Poco veo de teatro ahí", me responde. Y tiene razón en parte, ya lo dice María Mercedes al empezar su parte. Sin embargo, esa cosa que a mi hermana y a mí nos pasó, y estoy seguro que a todo el mundo, cada cual a su manera, tiene un nombre, y es catarsis. Una catarsis tenue y silenciosa, pero arrebatadora, con algo voluptuoso e incómodo, que deja resaca días después.

De mi familia poco se. Guardo como un tesoro las imágenes en super-8 generadas por la imaginación del niño que era al escuchar algunos relatos, como los del queso amarillo y la leche en polvo que mi padre me contaba que le daban al ir a la escuela, comida que llegaba en aquellas cajas y grandes bidones que llevaban escrita la palabra 'Marshall'. Guardo algunas sospechas infantiles, como el apellido de mi abuela, Expósito, el apellido de los expuestos, de los amparados a la fuerza por un régimen tan poderoso que su feudo incluía el firmamento ante el que ser rebaño. Guardo el recuerdo de aquella radio monstruosamente grande para mis 8 años, con ruedas del tamaño de mi mano para sintonizar las cadenas. De los ruidos tan graciosos que hacía. Y la historia de aquella radio cuando me enteré que por alguna razón los amigos de mi abuelo se reunían con él en su casa en torno al aparato para escucharlo bajito. Como ellos lo hacían así yo creí que era un secreto, así que de eso no volví a decir nada, que mi abuelo estaba en el cielo, y el cielo le pertenecía a quienes no dejaban oir la radio, a los señores dueños de un Estado salvaje.

Y con este recuerdo me despido por hoy, comentando una cosa más a quien pueda leer esto: esa catarsis contenida, esa empatía que no apela en lo sentimental se da por algo que se nos olvida. Por algo humano, demasiado humano. Y es que todos tenemos que ver con esa guerra de la que no sabemos hablar. Y es que todos tenemos una familia. Que decida cada cual qué es la espada y qué la pared. Pero que se diga, que se diga de una vez.

¡Ah, el bis!

Lo del bis era una broma. Simplemente era para comentar la admirable energía de la abuela de Pablo, que al acabar la pieza, sin tiempo de asimilarla, se lanza al público, emocionada y agradecida, y comienza a preguntar si la cosa ha gustado. Y todo el mundo comienza a hablar, y si nos dejan, la cosa se alarga. Y yo me digo que ese momento compartido de escucha, esa comunión también es la pieza, incluso sin el también.

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  • BONUS TRACK - Un inusitado VIDEOMATÓN III

Pablo Fidalgo es un gran tipo, en todos los sentidos. Antes de hacer la pieza nos vimos un buen rato en la zumería 'El Tamarindo'. Allí, entre señores de bar que levantan la voz, aguacates y batidoras, hablamos de un batiburrillo de cosas de las que he rescatado algunas. Da gusto escucharle. Pero es que da gusto simplemente estar a su lado. Claro que no nos conocíamos. Eso es incómodo... esperar por alguien a quien nunca has visto o en su caso, ir al encuentro de cualquiera que te espera para grabarte con un móvil. Y sin embargo, este señor es de estas personas que uno tiene la sensación de conocer de toda la vida. Esto no significa que coincidamos o pensemos igual. Significa que de alguna forma que no se puede nombrar las miradas se dicen que hay muchas cosas que no es necesario decir, que se sobreentienden. Un algo de respeto mutuo que puede hacer pasar rápidamente de un tema a otro.

La conversación se extiende. Podría haberse eternizado, hacerse del tamaño de una amistad. Tocamos muchos temas sin pensar que deban tener un hilo conductor más que el de la propia conversación. Pero yo creo que hay algo subyacente, y creo que en este país siempre hay algo subyacente. Hay países con historias que tienen cicatrices. España tiene una herida abierta, una herida infecta, a veces necrosa, que nos empeñamos en no secar con betadine, en no cuidar, porque ni la miramos. Creo que esa es la raíz del mal. ¿Cuándo pasará que podamos colocar una base sobre la que empezar a construir una dignidad? ¿Cuánto tiempo vamos a seguir perteneciendo a un bando o a otro? Es difícil pensar que no somos capaces de pensar a los protagonistas de la guerra como personas. que como personas no somos capaces de empatizar con ello, releer la historia, condenar lo condenable, encontrar lugares de encuentro, dejarnos en paz. Pero en vez de seguir escribiendo, voy a verme de nuevo el vídeo, este singular fuera de plano en una emisora de radio imaginada. Espero que lo disfruten. Y ojalá pueda sintonizarla mi abuelo. Allá donde esté seguro que sigue teniendo una radio.   

Créditos para esta entrada:

  • Las fotos, una vez más, cortesía de Javier Pino.
  • Las imágenes de la primera parte pertenecen a la propia película de Pablo, proyectada en la pieza.
Edición especial: crónica + VIDEOMATÓN III para reflejar el paso de 'O estado salvaxe. Espanha 1939', de Pablo Fidalgo.