Era de suponer que tras el tema de las inspecciones de trabajo los ‘músicos’ canarios no estuviéramos tan unidos, ni siquiera para afrontar problemas. El miedo, el susto y las ganas de tocar, ya sea gratis o no, han llegado a ser incompatibles. Los sentimientos encontrados. Hay un exceso de opiniones, diferentes colectivos que se reúnen por su cuenta para valorar y dar soluciones. Algunas muy fly en plan ‘La música es preciosa’, otras más determinantes y legislativas, algunas de ‘vamos a cambiar el planeta’.... Que alguien pare esto. A pesar de que quería enfocar este tema desde una perspectiva más abierta y cómica he de confesar que la justicia me pierde y que por tanto no seré objetivo.

La solución a todos estos problemas que nos aquejan es tan sencilla como complicada. Es solo una, bien tonta y bien simple, pero también extraña. Todo se basa en dar a entender a la autoridad pertinente que los músicos aficionados no están trabajando, hacen música porque les gusta, se suben a un escenario porque mola, porque necesitan expresar sus emociones, deseos y frustraciones. Lo hacen por amor al arte. Hasta aquí, bien, cualquier hijo de vecino, ya sea ministro, inspector o juez, entiende esto a la primera. Es decir que si la autoridad viene a pedirle, a usted amigo aficionado, los papeles de profesional usted debe sentirse y defenderse como un aficionado,  y con orgullo reconozca que es usted un mierda.

Esta solución que es fácil y estúpida por su sencillez se topa con el ego del artista no profesional, el que quiere equipararse al profesional de forma mezquina, exigiendo que lo contraten como es debido, o lo que es peor, queriendo cobrar (pongamos que un pico más que el transporte y la cena de esa noche) porque su arte se lo merece.  Aquí no hablamos de calidad, hablamos de rentabilidad.

Si es usted uno de estos no profesionales y ve con alegría cómo los establecimientos se llenan cada vez que da usted un concierto, que vende todos sus discos y que tiene bolos todas las semanas del año, debería parar y plantearse si se ha convertido en profesional. Si no es así..., es decir si es usted un desgraciadito que con suerte toca cuatro veces al año y a pesar de eso insiste en verse como un auténtico trabajador del arte, entonces quizá vaya siendo hora de que afronte las responsabilidades que exige ese modo de vida. Pacte un caché con la sala para equilibrar gastos de contratación, ayude a encontrar una solución realista a sus males sin quejarse, pero no convierta su problema en el de los demás. ¡Hasta ahí podríamos llegar!

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Luchando contra la paranoia