Llevo ya mucho tiempo lanzando mis comentarios personales acerca de los concursos musicales. Estoy cansado. Sigo creyendo firmemente e insistiendo en la importancia negativa que tiene para los concursantes artistas participar en este tipo de encuentros, pero la experiencia me advierte de que al fin y al cabo solo se trata de un juego, en el que para ganar hay que cumplir con unas sencillas reglas. Siendo así, y digamos que desde una perspectiva más lúdica, me siento capaz de poder volver a valorar esta historia.

En la primera edición de LaLa Core tuve la suerte, o la desgracia, de participar como jurado. Es una experiencia amarga. Desaconsejable para personas sensibles. La suerte fue poder estar obligado a escuchar las propuestas de muchísimas bandas de todas las islas. No solo a las participantes en la categoría general, que me tocaba juzgar y que disfruté plenamente, además, y de buen grado escuché la oferta cañera de la categoría metal que no me apasiona menos.

Entre aquellas grandes montañas de ilusiones depositadas por artistas, compositores y personajes de impacto, encontré no pocos talentos, maravillas con muchísimo potencial y grandes esperanzas. Esto no significa que las puertas estuvieran abiertas a los ganadores. Mis primeros perdedores empezaron a caer a medida que tropezaban con otros criterios. Las reglas del juego.

Puedes valorar muchas cosas, pero siempre hay que sacar una media, un patrón que no responde a otra cosa que a la sencillez.  Hay tres o cuatro aspectos a sopesar. Desde fuera es fácil de ver. Si eres muy bueno en uno de estos aspectos y en los otros no has sacado nota, podrías estar en esa media que al final podría acabar ganando. Con mucha menos suerte podrías ser medianamente bueno en todo y acabar eliminado. ¿Cómo? Preguntarán ustedes. Fácil. No hay un solo juez que imponga su criterio. Son varios a valorar y están obligados a ponerse de acuerdo. 

Los criterios rara vez coinciden, y cuando lo hacen siempre hay una o dos voces más sugiriendo que tal o cual banda podría estar mejor, y quizá no estén equivocadas. Así que la partida se convierte en un juego de estrategia en el que los participantes son ahora el jurado, y las fichas del torneo son cada uno de los grupos musicales. De esta forma se suceden hechos horribles. Sacrifico uno de mis talentos seleccionados para poder apoyar a la no menos interesante propuesta de otro de los jueces. Algo no encaja, de repente una de las fichas por las que yo hubiera apostado no se encuentra ni siquiera entre los semifinalistas. Es lo que ocurre cuando las matemáticas entran en juego y de alguna forma alteran los resultados. Esto pasa por ejemplo cuando las votaciones son públicas. Cuando el público vota nunca gana el que lo merece. Solo el que tiene más respaldo popular. Pero aquí no hay medias que calcular. Las reglas quedaron obsoletas. El que gana el concurso es el mejor. Y no al revés.

Ahora viene lo bueno ¿realmente quiero que gane el mejor? La respuesta es evidente, no. Si una de mis fichas ha podido evadirse del tablero es porque merece estar fuera de este. Esta no es una liga para investigadores que experimentan con sonidos, texturas y capas, ni para sensibilidades musicales extremas, ni siquiera para luchadores y virtuosos que lo dan todo en cada una de sus grabaciones y directos. Esto es un campeonato para ganadores en el que lo realmente importante es participar. 

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Otro capítulo de 'Las memorias infames de Conache'