Fui europeísta desde muy pequeño. Estaba convencido, como mucha otra gente en este país, de que la vía hacia el progreso, la justicia y la solidaridad pasaban por formar parte de la construcción de una Europa unificada. Recuerdo que, cuando se aprobó el ingreso de España junto con Portugal en la entonces CE, la noticia, con apenas 13-14 años me llenó de alegría y esperanza. Ya sé que el hecho de que uno esté pendiente de noticias así, cuando está comenzando su adolescencia, lo convierte en un ser bastante repelente (como luego la etapa adulta ha demostrado) Pero vamos, más allá de la anécdota justificativa, al meollo de la argumentación.

El sueño de la unificación europea, en constante expansión desde la Ilustración, se convirtió, desde la Segunda Guerra Mundial, en la versión socialdemócrata-liberal alternativa al sueño comunista de la sociedad sin clases. Con sus raíces ampliamente entroncadas en los pensamientos utópicos de los pensadores ilustrados del siglo XVIII y con su posterior desarrollo y plasmación en las corrientes ideológicas del XIX, cada uno buscó su camino para conseguir, si no modelos de sociedad iguales, sí modelos que buscan un mínimo común denominador basado en la justicia social, la igualdad de oportunidades o la libertad de los individuos. Por otro lado, ambos comparten un fin tan aparentemente loable, que los convierte en peligrosas coartadas para, precisamente terminar transformándose en modelos sociales contrarios al fin que buscaban. 

Esta afirmación se visualiza claramente en el caso de la deriva del modelo leninista-estalinista del movimiento socialcomunista. El desarrollo del socialismo a través de la corriente marxista, materialista dialéctica, primero, y luego, a través de su plasmación revolucionaria en la corriente leninista, y luego estalinista o maoísta, lo preparó para convertirse en una descomunal coartada para  erigirse en una máquina totalitaria que dejó millones de muertos y damnificados a lo largo de décadas. De las víctimas de los gulag siberianos a los jemeres rojos en Camboya, de los muertos de la Revolución Cultural china a los aplastados en las distintas primaveras europeas, no hace falta ser un ultraderechista del Partido Republicano, para entender y asumir el daño causado por la idea de que el fin (un fin maravillosamente utópico) justifica los medios. 

Muchos intelectuales y artistas de todo el mundo, y, en especial, de Europa Occidental, tuvieron que tomar partido, y muchos, en la órbita de los distintos partidos comunistas, lo hicieron, durante años, por tratar de conciliar su compromiso político-social con una postura ética y moral coherente, a pesar de las noticias que llegaban desde Hungría en el 56 o desde Praga en el 68. Podríamos citar miles de casos. Uno de los más conocidos y simbólicos fue el de la ruptura Sartre-Camus. Jean Paul Sartre, tratando de buscar una casi imposible coherencia con su pensamiento, se mantuvo fiel a los principios de la revolución comunista, simpatizando en sus últimos años de vida con corrientes maoístas y apoyando todo tipo de movimientos violentos. Su postura fue la del sacrificio de su yo histórico en beneficio del supuesto triunfo de un bien superior colectivo. Culpable seguro en un suicida juego ideológico del todo o nada.

Mientras tanto, en un camino paralelo, el sueño de la unificación europea sobre las bases de un modelo liberal ilustrado, se fue gestando desde el siglo XVIII en busca de la formación de sociedades basadas en los principios de la libertad, la justicia, la solidaridad o la igualdad, en definitiva, del derecho a la felicidad del ser humano (algo que queda, por ejemplo, recogido en la Constitución de los EEUU basada en estos principios que llegaban del Viejo Continente) Sin embargo, nuevamente, lo que constituye en proyecto social teleológicamente intachable en sus objetivos, se convierte en otra coartada para terminar erigiéndose en excusa para todo tipo de injusticias y barbaries. Fue algo que ya quedó analizado por la Escuela de Frankfurt y que pareció quedar sancionado, en la práctica, con el horror de Auschwitz y el Holocausto. Conceptos como el de razón instrumental, que partía antes de Weber y adaptado por Horkheimer, se convierten en clave para entender el por qué, de la dialéctica ilustrada se acaba en la barbarie nazi, cuando, en principio, son fenómenos absolutamente opuestos. 

La racionalidad instrumental, término que sin necesidad de una comprensión global desde una perspectiva filosófica, nos remite fácilmente a la imagen del gris funcionario de Bruselas, al servicio de un monstruo burocrático sin control por parte de la ciudadanía, esa imagen que quedó plasmada literariamente en la literatura kafkiana como anticipo (toda verdadera literatura y arte es siempre un acto visionario) y que ha sido, es y será la herramienta para la homogeneización y sometimiento de la libertad crítica. 

Paradójicamente, el proyecto que buscaba (tal y como sucedió en el caso comunista) un modelo social para que el individuo fuera libre, termina convertido en un modelo social donde la opresión y la eliminación de toda capacidad crítica están a la orden del día. No es de extrañar que estos días, ante la situación de los refugiados sirios y el trato (o no trato) dispensado por la UE en su acuerdo con Turquía, muchos hagan el símil con los casos de los campos de concentración nazis, el genocidio y la “mirada para otro lado” -cuando no de odio y rechazo directo- de una buena parte de la ciudadanía europea. 

No es un fenómeno nuevo, forma parte del propio proceso histórico de “construcción europea” en el que nos hallamos inmersos. Por eso, y tal como sucedió en otros momentos decisivos de la historia, definirse en torno a la idea de libertad, justicia y solidaridad, significa dar un paso valiente y de denuncia. Comportarse como aquellos intelectuales que denunciaron el horror totalitario y dieron la espalda al partido comunista de turno en su caso (que no al compromiso con unas ideas) Por mi parte, mi compromiso es el de decir no y denunciar el europeísmo actual como arma de opresión (y represión) social y política. El europeísmo actual ha devenido en puro estalinismo. Marx era tan indefendible en las condiciones del Moscú de los años 30 como lo es Adenauer en la Bruselas de 2016. Y esto no es ya una paradoja, es una realidad que reclama una asunción urgente por parte de toda la ciudadanía europea, para evitar que, encima, vayamos por ahí haciendo el ridículo, de sobrados, tratando de dar lecciones de democracia o solidaridad a tipos como Trump o Putin, como si nuestra calaña moral en estos momentos manifestara algún tipo de superioridad.

Sostiene el cronista a la luz de la intencionada deriva política de los dirigentes del viejo continente