Lo de adaptar recetas para darles un aire local, cercano, es un recurso usado bajo la premisa (cierta) de que lo conocido genera empatía. Es sencillo: comer es un acto cotidiano, de modo que existe una identificación, en muchos casos inconsciente, con ciertos productos y preparaciones, más si, como yo, uno es su propio cocinero.

Dejando a un lado los motivos por los que se aclimatan recetas a nuevas latitudes, lo constatable es que, cuando se tocan los grandes clásicos populares, pasa como con el fútbol: que todos nos creemos capacitados para opinar. Pocas discusiones pueden ser tan fogosas como la que genera la preparación de una paella o una tortilla; llegando a nuestro caso canario, yo he perdido amistades (por suerte, temporalmente) a cuenta de un mojo. Hagan memoria y verán que tengo razón.

 

 

Un gran ejemplo fue la mini polémica vivida hace unos meses con motivo del suspuesto lanzamiento la Chacho Cola. La cosa, que resultó ser un fake, era tan genial que habría que haberla inventado. Un refresco de plátano elaborado con "esencia de banana" que pretendía, ahí es nada, sustuir en el top of mind del refresco canario al mítico Clipper de Fresa  (con permiso de Nik, que también tiene sus acólitos). La campaña, jalonada por eslóganes gloriosos como "más canario que el gofio de maiz", pronto cosechó la típica colección de delicados comentarios que uno se suele encontrar en la red en estos casos en que se menta la (comida) patria. 

 

 

Que una promoción como esta aluda a un tópico como ser auténticamente guache, puede tener un pase. Lo que quizás resulta más chirriante es encontrarse esto mismo, pero ya 'en serio', como sucede en el packaging del popular arroz de grano largo Rocío. Ya sabemos que las marcas de alimentación, cuando se ponen a inventar para ampliar los usos tradicionales, pueden llegar lejos. Desde el '¿Cueces o enriqueces?', con el que nos querían convencer de gastar litros de y litros de caldo concentrado para guisar espaguetis, hasta discutibles ocurrencias como largarle mayonesa a tu brownie casero, siguiendo una lógica digna del mejor Joey Tribiani. Y en esta ocasión, ha vuelto a suceder: nos encontramos ante la receta de un supuesto 'arroz guanche' que incluye cosas tan exóticas como pimiento amarillo, uvas pasas, clavo o anís estrellado, seguramente muy usado por los aborígenes en caso de flato. Pero claro, tiene plátano, ergo, es guanche.

Siguiendo con el arroz y el plátano, también resulta llamativa la propuesta de Plátano de Canarias para elaborar sushi de arroz a la cubana. Malo, no puede estar, aunque el concepto de comer sushi puede ser de lo más alejado al de comer arroz a la cubana, plato que mucha gente (entre la que por suerte no me incluyo) gusta de revolver conciencudamente antes de empezar a comer.

 

Otra sorpresa ha llegado recientemente con la rutilante invención de la Mojonesa, a cargo de la conocida empresa de salsas Guachinerfe. El híbrido promete ser solución a esa gran duda existencial que es "¿qué le pongo al bocadillo?". Después de todo, mayonesas "historiadas" hay muchas, y puestos a ponerle wasabi, un poco de pimienta de mojo tampoco es para tirarse de los pelos, pero el nombre del invento tiene su cosa.

 

 

Y llegamos al final con mi favorita: la tortilla canaria. No sabemos muy bien de donde surgió este meme, pero lo cierto es que se ha reproducido en un buen número de sitios online, llegando a tener incluso una entrada en wikipedia. Este portal, ya sabemos, referente para cualquier tipo de consulta, cita que la auténtica tortilla canaria lleva ajo y tomates, que ya es raro, pero no es nada comparado con la mezcla de hierbas: albahaca y estragón ¿? No sé ustedes, pero yo en mi vida de cometortillas irredento jamás he encontrado nada parecido. Ahora, que siempre podía ser peor, porque esta receta parece incluso comedida al lado de  esta otra, que se propone como heredada directamente de los ancestros, y que incluye, además de los consabidos plátanos para que no haya duda sobre su canariedad, elementos como el azafrán, el ajo en polvo..- ¡y queso azul!

 

 

 

 

 

 

Un viaje por los confines de la gastronomía patria