'LA PIEDRA OSCURA'

Teatro Leal. 20 noviembre 2015.

por Jordi Solsona

 

De pequeño soñaba despierto el sueño inquieto de la guerra. Me imaginaba caminado en cuclillas delante de la ventana en el pisito de mis padres en Barcelona, esquivando las balas que silbaban alrededor. Es mi pesadilla desde que tengo conciencia. La guerra perdura en la memoria. Será por lo que contaba mi abuelo materno. Será por las historias de mi padre en su pueblo de Lleida: obuses, aviones, silbidos mortíferos, casas derruidas y la familia abajo, en las catacumbas de la bodega. Sigo teniendo esos desvelos. Sigo imaginando un escenario similar. Cómo no, si aquí también, en Los Realejos, oigo a la gente decir “mijo, no digas esas cosas” cuando estallo y digo que hay que tumbarlo todo, porque los malos ganaron la guerra.

Salí del teatro enfermo. Casi temblando. La interpretación me sobrecogió. La escenografía, las luces… Y el texto me dolió tanto… Con un dolor sordo, profundo, que me lleva a ese terror de la infancia. Me cuesta escribir.

Rafael y Sebastián. El ideal y la ignorancia. Un país llamado España que no existe, que es un simple constructo impuesto por el poder. Siempre el poder. La madre de Sebastián abatida por las balas y las bombas de la aviación italiana cuando creían que venían a salvarlos… La Málaga abatida por tierra, mar y aire que Picasso inmortalizaría en su 'Guernica' (sí, sí leen bien al leer Málaga), Madrid que resistía… Cuánto dolor. Y qué gran texto para expresar la barbarie.

Hoy es 20 N. Casualidades. Sentí arcadas con el llanto de Rafael cuando sabe que al alba lo van a fusilar. Ese grito aterrador y ahogado en el camastro. Igual que sentí piedad por Sebastián, que representa al pueblo más básico, arrojado a un dios que es otro constructo del poder y que tampoco existe, sostén único al que asirse para evitar la locura.

Acompañé a Rafael hacia el alba. Se apagó la luz y me apagué yo también en la butaca. Exhausto. Herido de muerte otra vez. La enésima durante la semana. Porque me hieren las mentiras de la prensa, me hieren mis amigos creyentes en su ignorancia. Me hiero yo por no ser capaz de descubrir los velos de la mentira. Ganaron los malos. Así nos va. Siguen gobernando sus hijos. Así seguimos.

Todo eso nos muestra el texto de Alberto Conejero. Pablo Messiez, el director, lo lleva a escena guiando de modo magistral cada palabra, cada párrafo, cada silencio de los actores. Qué grandes. Dice tanto el silencio… Cómo se miran, cómo vibran, cómo danzan el baile macabro de la sinrazón. Ni la presencia de Lorca se hace imprescindible. Es un homenaje pero tampoco hubiera sido preciso. La realidad que se plantea es tan devastadora…

Estos días el mundo anda en estado efervescente. Burbujas y burbujas de dolor. Gritan los voceros que el terror tiene connotaciones religiosas, que proviene de fuera… Más mentiras. Humillantes mentiras que no convencerán nunca a Rafael, pero que mantendrán servil a Sebastián. Servil al poder. Servil al villano. Esta obra nos recuerda que no existe mayor terror que el que vivimos aquí, en nuestra propia tierra, matándonos unos a otros. No, el terror está aquí mismo; siempre fueron los mismos. Y seguirán siendo los mismos porque ellos se encargan de alimentar un ejército anónimo de Sebastianes. No es gratuito el nombre, el del santo que encaja las saetas con una sonrisa. Saetas que nos lanzan los medios de comunicación, saetas emponzoñadas de mentiras. El villano lleva nombre de laboratorio farmacéutico, habla en inglés, trafica con armas, se alimenta de petróleo, se camufla bajo el seudónimo de democracia y alterna gobiernos demócratas y republicanos. Son los mismos villanos.

Todo esto vi hoy en las tablas del Teatro Leal. Me duele el cuerpo. No revisaré lo que escribo, así que disculpen más errores tipográficos que de costumbre. Es que me duele mirar atrás.

¿Alguien tiene dudas sobre el valor del teatro? Pero tampoco sirve de mucho. Sólo si aprendemos a derribar los velos y convencer a Sebastián para que se ponga de este lado, del lado de la “justicia y la alegría”, como le decía Lorca a Rafael.

Esta noche soñaré que soy un niño sirio, o palestino, y que por el aire circulan mortíferas municiones que hablan inglés, o francés, o alemán, o español. Hoy es 20 N y hubieron muchas misas. Por eso en mis felices sueños de poluciones nocturnas, siempre hay una iglesia que arde

Enorme y brutal, a juicio del cronista, el texto y la interpretación