“ME LLAMO SULEIMÁN”.

Unahoramenos Producciones.

Teatro Guimerá, 28 abril.

Acabo de ver un “power point” de una estética impecable, con unos dibujos de alto nivel artístico. Poro no hubo teatro en el Guimerá. Acabo de ver una actriz con un gran papel y una perfecta ejecución, pero no la creí. Acabo de ver una pieza con mucha didáctica “de manual”, pero con demasiado artificio, lo que le resta toda eficacia. Mejor se compran la excelente novela de Antonio Lozano del mismo título y sienten, sin intermediaciones estéticas, la brutalidad humana. 

Salgo muy enfadado del Guimerá. “Me llamo Suleimán” no puede decirse con micrófono, por ejemplo; como mínimo requiere la verdad de la voz humana sin artificios ni mediaciones técnicas. Y otra cosa: que la historia la recuerde una mujer policía, y que después de contarla, siga vistiendo el uniforme, igual que hacen después de un desahucio… Eso, no lo quiero ver en el teatro, máxime si encima otorgan a la policía el don de emocionarse. ¡A la mierda la credibilidad! La policía es un ente inhumano  sin un ápice de empatía hacia el otro. Aún hay más: “Me llamo Suleimán” no puede acabar sin un grito de animal herido de muerte, un grito desgarrador que nos lo llevemos a casa y permanezca con nosotros hasta reventarnos los tímpanos. No acaba así, qué va, se remata con la media sonrisa de un “así es la vida”. 

Estoy muy, muy enfadado.

Acabo de presenciar una obrita para institutos con mucha parafernalia estilística, pero que no señala a nadie. No se escupe a la cara de los responsables de la dramática dicotomía riqueza/pobreza, auténticos ingenieros de la situación en el continente africano, o del saqueo de la banca y otras corporaciones cuya única preocupación es aumentar la brecha, la distancia, entre ricos y pobres, entre la posibilidad de acceder a la cultura, la sanidad,  o quedar al margen. Se les deja escapar, seguir viviendo en su burbuja de irrealidad, en su planeta que no es el mío. ¡A la mierda! Claro que me dirán que ya es suficiente el mensaje implícito. ¡Qué implícito ni qué leches! Hay cosas que no pueden explicarse de modo implícito, casi elípticamente. Hay que vomitarse encima del público para que sienta el asco. 

¿Ya dije que estoy muy enfadado? El teatro que me gusta es el que se derrama por los bordes. El que desborda. Quiero grandes carcajadas o dolor intenso. Quiero doblarme siempre. O quedarme tan tieso en la butaca que no pueda mover ni un músculo. Quiero romperme. Quedarme boquiabierto. Es eso, o nada, o no hay teatro, será otra cosa: entretenimiento, casi fútbol, casi circo, pero no teatro.  Y pueden romperme muchas cosas, como al común de los mortales: una interpretación, el mensaje, una estética concreta, el texto, la atmósfera… Nada de eso ocurrió en el Guimerá. 

Al abandonar la platea, ya en la calle, todas y todos seguíamos con las frases de siempre, los parabienes de siempre… Mañana seguiremos viendo imágenes violentas por televisión, o asombrándonos con el pseudoperiodista Jordi Évole y lo pseudosuperguay que es. Pero seguiremos siendo incapaces de retener en su casa, el día de las próximas elecciones, a esa persona que sabemos que vota a favor de toda esta injusticia. ¡A la mierda! Ya me llevarán globos a Fyffes si me pillan, y les place. 

POST SCRIPTUM (a la mañana siguiente)

Quizás sí es recomendable ver a Suleimán. Siempre que, previamente, retiren las cuentas de su entidad bancaria usurera y totalitaria, o se sientan orgullosos/as de alguna acción personal que dignifique al género humano. Además es un producto estéticamente bien conseguido y con un gran trabajo de la actriz Marta Viera.

Un “power point” de una estética impecable, con unos dibujos de alto nivel artístico