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El festival itinerante Numa Circuit llegaba a El Generador con la ilusión que sólo un evento de este avanzado y transgresor estilo puede permitirse. Desafortunadamente la actuación de AfG An programada para esta noche no pudo celebrarse, así que nos quedamos sólo con el proyecto de Manolo Rodríguez y Carlos Costa, que convenció a los presentes con su innovadora y electrizante forma de entender el jazz. Dos Caras de la misma moneda es experimentación, es pasión y metodología. Es improvisación y dominio de la técnica, que a veces es tan simple como inflar un globo y pellizcarlo para que salga el aire emitiendo bufidos, o tan compleja como cuadrar al milímetro la aparente falta de estructura de cada obra. Manolo Rodríguez, instigador máximo de la batalla contra la armonía, abría el espectáculo con un ir y venir de efectos donde apenas tocaba su guitarra, sólo para crear bucles interminables que se transformaban en drones ambientales. Una introdución exquisita que servía de preludio para que el público y el resto de la banda se fueran sumando paulatinamente a la fiesta del ruido. Carlos Costa, principal cómplice de Rodríguez en esta alianza incontenible, es capaz de llevar el contrabajo a un difícil terreno en el que quizá se delata como la única base constante de cada tema. El estilo de Costa es soberbio y su virtuosismo al instrumento es sólo comparable a su capacidad para integrarlo en cada una de las obras. Ritmos atonales o minimalismo guitarrero se diluían en extensos pasajes, en los que el silencio servía de nexo para incontrolables y desaforadas descargas de sonoridad. Francis Hernández, colaborador habitual de la banda a los teclados, dejó claro por qué es la persona idónea para este proyecto. Su calidad como instrumentista y como tercer elemento del tándem es indiscutible. Capaz de crear atmósferas hipnóticas y de realzar esa sintonía de frecuencias imposibles, Hernández comparte parte de esa química comunicación a golpe de tecla y potenciómetro. Pepucho Hernández servía su magia por primera vez en las filas de esta banda; sabiéndose no  sólo conocedor del percal sino además integrado y apoyado, fue capaz de recrear a la maravilla esa imposible base rítmica que no entiende de patrones y sí de intensidades. Un concierto diferente donde los rasgueos, taps y disonancias de las guitarras de Rodríguez elevan al estilo a un plano espiritual, en el que la banda entra en conexión con un público que comparte su estado de conciencia.