Oro titula el trabajo escénico compartido en proceso el pasado 19 de noviembre en la sala de cámara del Teatro Leal. Una sesión pública en la que Nazario Díaz expuso su cuerpo (sostenido más o menos invisiblemente desde el acompañamiento de Jorge Gallardo como catalizador) para compartir parte de lo que esta pareja de artistas ha buscado, encontrado y perdido en dos semanas de trabajo concienzudo. Todo ello como parte del proyecto de minirresidencias 333'33 ofrecidas por el leal.lav, isla en la isla, espacio que funciona a la vez como búnker y detonador y del que uno podría decir amablemente... mmm... no se... por ejemplo... que mima las lindes de la escena. O no. O guardar la amabilidad para cuando es justa y necesaria, y afirmar sin miedo que lo que ese espacio hace se vuelca en la escena, en su cuidado y desarrollo. Afirmarlo. Y que luego cada cual linde con lo que quiera, o con lo que pueda. 

                                                                               

Ejemplos de entrega, como Nazario y Jorge. ¿Quién es esta pareja de andaluces que pilla la mochila para ir tan lejos a ahondar en un hueco que trae consigo? Probablemente dos personas con tanto que decir. De las que con o sin residencia artística ya son esa aventura. Porque Oro es eso: una búsqueda. Y el proceso realizado sobre la misma, otra. Mostrar ambas, hacerlas públicas es un reto que conlleva doble incertidumbre. Como orfebrería escénica, Oro brilla frágil y rotunda, igual que un trabajo miniado en cristal a través del que la luz pasara.

Se podría decir que todo empieza hace cierto tiempo en Córdoba, donde algunas personas inquietas se reinventan bajo el nombre de Vértebro Teatro. De ahí nace Oro, petróleo, escarcha. ¿Y si no vuelvo a ser la misma persona?, pieza que como toda primera apuesta, como todo primer beso (que es lo mismo) muestra respuestas ambiguas y lanza nuevos interrogantes. Algo que da pistas a Nazario para saltar al vacío, tomar parte de sus materiales propios y empezar a trabajarlos más allá de la pieza grupal, sin saber siquiera en qué consiste ese vacío.

Y entonces... ¿qué? Buscar oro en Barcelona, en Polonia, de nuevo en Córdoba, en pos de una alquimia en cada sala de ensayo. O en el salón de casa, lo que da al trabajo la densidad de un plato cocinado a fuego lento y la intimidad secreta de un diario. Una pieza misteriosa de la que es difícil encontrar qué contar sin sentirse tonto. Porque es absurdo. Al nombrarla, Oro ya está en otro lugar, nunca en  lo que se diga, porque hay mucho que presenciar en ella. De algún modo, Oro deviene en su propia sinopsis, existe diciéndose a sí misma. Ahí deja entrever cómo el tiempo y el trabajo la han ido formando y destruyendo como un castillo de arena ante la marea. Algo de lo más valioso que Nazario nos brinda: la posibilidad de asistir al rito de la visibilización de su propia construcción y destrucción personal en el mismo trance de hacer presente la pieza, inmensa miniatura.

   

Nazario en escena es enorme y vulnerable. El minimalismo de los recursos elegidos (minimalismo o povera, Grotowski siempre estuvo ahí) aporta a la pieza una multiplicidad de planos que junto a un potente trabajo corporal hace que nuestra mirada transite desde la imaginación paisajística al detalle de lo concreto. A la piel. A la suya. La que suda, la que se repliega ante nosotros, se oculta. La que habla varias veces por encima las palabras, sostenidas por un trabajo de voz también poderoso y pequeño, andamios invisibles bajo algo que podría romperse en todo momento.

Pero Nazario también ha sabido hacer equipo con Jorge, y conseguir de ese modo tener fe en algo así, aunque a ratos no termine de creérselo. Cuántas sorpresas. Y cuánta fe, que a pesar de las tormentas ambos se han enamorado de la isla al encontrar reflejada sin saberlo la calidez de lo que dan. Tanto fue así que la pieza acabó haciendo una casi improvisada minigira tras su presentación en el Leal.

         

Sin embargo, antes de comentarla, un pequeño alto. Nada más llegar, Jorge y Nazario se encuentran inmersos en un contexto más que propicio, activo, de gente revuelta en muy diversas propuestas. Una maravilla. Y no lo digo yo, como granito del arenal. Lo dicen antes que ellos mismos sus miradas sorprendidas. Creo que la culpa de todo esto es porque lo que pasa en Tenerife tiene varios frentes abiertos. Muchos. Uno de tantos fue, durante su primera semana de residencia, el laboratorio Inédito[s], conducido por David Pérez y Esther Blazquez, desarrollado en el Teatro Gimerá, casi un after de los II Encuentros sobre cuerpo y performatividad, concienzudamente organizados por Masu Fajardo en un intento más que conseguido de aunar personas de muy diversos ámbitos en torno a la escena contemporánea y su reflexión. Actividad que sumada a otras deja a la gente con ganas de más, de ahí tanta apertura. Este laboratorio tuvo una inolvidable sesión en un lugar alternativo al teatro: la propia casa de dos generosos participantes y que ha venido a llamarse La Lokomotora Kolectiva, espacio doméstico en Guamasa al que habrá que seguir la pista porque va a dar mucha guerra.

Ahora sí, tras esta elipsis, recuperemos a Nazario y a Jorge y su minigira improvisada. Porque en La Lokomotora tuvo lugar otro pase de Oro. A Guamasa nos desplazamos un buen número de personas, muchas de nosotras participantes en el laboratorio El Desenterrador, ofrecido esos días por Societat Doctor Alonso en la programación del leal.lav, una inolvidable experiencia de la que Jorge y Nazario fueron partícipes y que días más tarde concluiría con una épica sesión abierta donde los límites entre actuantes y espectadores se difuminaron hasta el olvido. En un ambiente tan familiar Nazario puso su pieza en juego, mostrándola desnuda, deshilvanada casi, pequeña pero viva y latente, al margen de toda (supuesta) protección escénica, como lo que es en esencia, un simple estar, nada más (y nada menos). Un estar del que Jorge formó parte esta vez también físicamente dentro, como cocinero encargado de una paella para alimentar también el cuerpo. Tras el café y la conversación, mientras afuera diluvia, quedan ganas y tiempo para compartir una sesión de trabajo de desenterramiento, un dispositivo del que tanto podríamos decir y que nos ha dado muchas claves, por ejemplo, para encontrar una quietud, común y propia, desde la que hacer, desde donde poner en juego herramientas que también nos hacen ver el modo en el que estamos juntos.

Por si fuera poco, Oro estuvo incluso en el salón de mi propia casa, regalo inolvidable para muchas personas y cierre de un inesperado ciclo, que incluye también una visita a la EAC en un pase de nuevo más formal, didáctico. Gran estímulo para un alumnado que sin duda ha de estar ávido por empaparse de propuestas tan enriquecedoras como lo ha sido ésta allá donde ha ido.

Por ello fue previsible que esta vez los nudos en las gargantas fueran tan duros y estuvieran tan liados al despedir a Jorge y Nazario ( y a Tomás Aragay, Sofía Asencio y Bárbara Sánchez, conductores de El Desenterrador y grandes compañeros. ¡Ah, y el pequeño Miquel, que nos contagió su alegría!) Fuerte, fuerte, ¿eh? Algo excepcional pero que es fácil que pase cuando se juntan fueguitos que arden, cuando los encuentros se dan de manera inmediata, sin extraños protocolos.

Desde esta isla enloquecida por tormentas de todo tipo les deseamos la misma dicha en sus desentierros y búsquedas de oro (sí, todo encaja) que la que nos han regalado con su paso. Y ya en su ausencia, más tranquilo, uno piensa en lo acertado del nombre 'Vértebro' para un colectivo capaz de articularse como conjunto de piezas móviles. Resulta obvio que Oro es algo de Nazario, pero también que no le pertenece: es algo que le ocurre, y a pesar de que le ocurre puede compartirlo desde casi un no saber cómo. Será interesante reencontrar esta pieza en el tiempo, ver sus mutaciones. Porque si alguien se preguntara dónde es que el oro está, cabría decir que con la pieza ocurre lo mismo que en cada pequeña cosa de la vida. El oro,ese algo a desenterrar, está en un lugar que no es ni tú ni yo, y es al ir a por él juntos cuando ocurre que vemos todo lo que reluce.

 

                                                                                      

 

  • Créditos para las fotos: las marcas de agua indican a Irene Zireja http://www.zireja.com/ (gracias Ire) y a Javier Pino (fotógrafo en el Leal, muchas gracias también). Qué buenas fotos. Las demás son mis disparos rápidos de vaquero con móvil. Están agrupadas con algún comentario en este álbum de flickr, para curiosear y compartir.

  • Agradecimientos a todo el elenco de presonajes de esta obra de teatro en un solo acto sin protagonistas, por hacerla suceder de manera post-dramática.

  • Agradecimiento al equipo Lagendario que ha aceptado tenerme por aquí (ellos sabrán por qué). En especial, saludos y carantoñas a Don José J. y a Simone Marin, que han superado conmigo una tormenta de mails para domesticar este blog infernal.

  • Más cosas en la página de facebook unknownpleasures, donde además se puede interactuar y se agradece que se haga. ¡Allá va!

 

Nazario Díaz y Jorge Gallardo traen en proceso su pieza 'Oro' al Laboratorio de Artes en Vivo del Teatro Leal de La Laguna. Nos acercamos a su trabajo y descubrimos otro sinfín de cosas en proceso que bullen.