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A sus 61 Juan Luis todavía da mucha Guerra

La tarde carnavalera del sábado 9 de marzo prometía ser histórica en Santa Cruz de Tenerife. Con el eco de las 250.000 personas que se reunieron al son de Celia Cruz en la capital isleña el 3 de marzo de 1987 aun rondando por la plaza de España, la organización de este 2019 se propuso superar el número de asistentes de aquel Martes de Carnaval que llegó a ser registrado en el récord Guinness en la modalidad de baile al aire libre.

Lo primero que me llega a la cabeza cuando oigo a Juan Luis Guerra son aquellas tardes en las que de niño pasaba bailando desnudo sin preocupación alguna, horas y horas, frente al tocadiscos que tenían mis padres en su cuarto. No recuerdo muy bien cuál era el vinilo, seguramente fuera algún recopilatorio de éxitos, muy habitual en la época, aunque ahora mismo no venga al caso.

Disfrazado de Caperucita Roja, cuando llegué, antes de las primeras coca colas y todavía a la luz del día, pude apreciar la pluralidad del Carnaval de Día: familias, niños, gente joven y gente no tan joven, las calles parecían riachuelos por los que fluía la gente. Cuando ya se acercaban las 19:00 y el sol comenzaba a caer, las mismas calles que al principio parecían riachuelos se convirtieron en auténticos ríos de personas, a través de los cuales a veces era un poco complicado nadar.

Antes de empezar el concierto me comentaban agentes de la policía las cifras de afluencia que barajaban desde la seguridad del acto.

 

 

A pesar de que en principio se barajó esa cifra de asistentes, dicho número siguió incrementando a medida que el artista dominicano cantaba hasta llegar a estimaciones de unas 400.000 personas, superando con creces la noche de Celia Cruz en el 87.

 

Alegría, jolgorio y mucho buen rollo era lo que se respiraba frente al escenario y sus alrededores, había grupos de gente bailando incluso detrás del mismo. Yo empezaba a sentirme como aquel niño que bailaba desnudo frente a un tocadiscos, pero siendo un adulto disfrazado y bailando en la calle.

 

 

La gente cada vez mucho más animada y vacilona, y Juan Luis sobre el escenario, fruto de las luces y la música, parecía haber rejuvenecido al menos 30 años. Ya me había tomado unas cuantas coca colas, las suficientes como para haber perdido la cuenta, y me pareció ser testigo de una noche tan carnavalera como paranormal.

 

Lo único negativo del concierto fue que terminó, y a partir de ahí solo recuerdo imágenes que no puedo transliterar, y también haber estado contrariado por algún tema.

 

 

Para no de dejar esta crónica algo inconclusa, he de confesar que me desperté en un banco del Intercambiador de Santa Cruz con unas botas militares, una falda escocesa, unas tetas postizas, unos puños de hulk, un estetoscopio, una gorra de policía, una peluca de Donald Trump y una resaca de récord Guinness.

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