En estos momentos es posible indagar sobre la posibilidad de generar IA que consuma muchísimos menos recursos, naturales, financieros y humanos, "pero creo que, antes de preguntarnos por tal o cual tecnología, tenemos que dar varios pasos atrás, porque cualquier tecnología o cualquier desarrollo que se inserte dentro del sistema en el que estamos va a acabar siendo lo peor", asegura la filósofa de la Tecnología Eurídice Cabañes, coordinadora de Jugando en verde, la sección del Festival Internacional de Cine Medioambiental de Canarias (FICMEC) que se plantea como un espacio para experimentar futuros posibles desde la potencia del juego en un mundo marcado por la crisis climática, la desigualdad y la urgencia de repensar nuestras formas de vida.
Cabañes da un ejemplo para ilustrar una afirmación tan rotunda: "en principio, una prenda de vestir no es algo que no sea ecológico, pero la fast fashion ha provocado desiertos completos llenos de ropa con microfibras y plásticos; en principio, vestirte no debe de ser algo contaminante, pero, dentro de este sistema, se convierte en eso".
La filósofa secuencia ciertos pasos que sostienen la utilización actual de la IA: "si hemos decidido que solo los datos son conocimiento y que solo los algoritmos entienden los datos, creo que podemos llegar a que solo los algoritmos pueden tomar decisiones, aunque este último paso, el de tomar la decisión, puede arrebatársele a la IA, porque el problema no es qué tecnologías se usan, sino a quién benefician; entonces, en un sistema en el que las inteligencias artificiales son quienes toman las decisiones y en el que las IA pertenecen a las grandes transnacionales, son estas las que están tomando las decisiones, guiadas por el interés económico, exclusivamente".
En su duodécima edición, la sección más lúdica de FICMEC exploró cómo los videojuegos pueden convertirse en catalizadores de conciencia climática, como espacios de alfabetización científica y dispositivos de empatía a partir de una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando la inteligencia artificial irrumpe?
"Con la Inteligencia Artificial estamos delegando en otros, ya no solo nuestra memoria o nuestras decisiones, sino también nuestras propias capacidades cognitivas", detalla Cabañes. "En Jugando en verde, este año vimos el impacto ecosistémico de la inteligencia artificial. Todos pensamos siempre que lo de internet está en la nube; hasta miramos arriba cuando preguntamos dónde está, pero, al final, está en cables subacuáticos, en grandes servidores que consumen un montón de electricidad, que generan CO2, que generan huella de carbono y que consumen muchísima agua; así lo expone el proyecto Tu nube seca mi río, que habla del consumo de agua para refrigeración relacionado con el consumo masivo y creciente de inteligencia artificial por parte de estos servidores".
Aun cuando este gasto es significativo, la filósofa pone el foco en algo que ha pasado hasta ahora más desapercibido: "la IA significa también mucho consumo humano". Cabañes se refiere a varios fenómenos: por un lado, las gentes que trabajan en condiciones extremadamente precarias para la IA. Para ilustrar esto, menciona el precedente de los gold farmers, personas que trabajan desde China en jornadas de entre 12 y 18 horas por uno o dos dólares al día en el "minado de oro" mediante la ejecución de tareas muy repetitivas dentro de un videojuego que finalmente será vendido en su mejor versión a la gente del norte global y recuerda cómo esta práctica conecta también con el caso de los entrenadores de IA que trabajan desde Kenia bajo el mismo sistema de explotación. "Esta IA, en realidad, tampoco es tan artificial, tiene un montón de trabajo humano detrás, no solo para producir los recursos que la sostienen, sino también para entrenar los sistemas".
La IA es nutrida también por datos que aporta más gente y de forma gratuita: "el videojuego siempre ha sido un modo de innovación tecnopolítico muy fuerte en el que lo que sale en el videojuego después se experimenta y se saca a otros sectores y esto también lo podemos ver mucho con la inteligencia artificial". Para ilustrar esta afirmación, la filósofa aporta otros dos ejemplos: el sistema captcha de identificación de imágenes —que aprovecha las habilidades humanas en la identificación de factores que intervienen en el tráfico rodado para alimentar con estos datos a la IA entrenando vehículos de conducción autónoma— y el videojuego móvil Pokémon GO, sostenido por una empresa, Niantic, que acaba de lanzar los mayores gemelos digitales de la historia de la humanidad. "Los videojuegos están utilizando para entrenar a la IA sin que lo sepamos y se da ahí un extractivismo de información y de datos de forma brutal", sentencia.
La cuestión, por tanto, no es solo el consumo de recursos naturales que significa la forma en que se aplica la IA, sino que la manera en que esta nueva tecnología mantiene o profundiza las dinámicas de explotación y desigualdad social y, al mismo tiempo, la forma en que la delegación de la toma de decisiones resta autonomía personal a sus usuarios. No obstante, ante este panorama, la propuesta de Cabañes —y la de Jugando en verde— se asienta sobre los principios de la "pedagogía de la esperanza", que fue enunciada por el pedagogo Paulo Freire como una convicción activa ligada a la acción colectiva para lograr un cambio social.
Así, con el atrevimiento a soñar otros futuros posibles que da imaginar sin miedo —sin límites—, los asistentes a Jugando en verde tuvieron noticia de un experimento realizado con la seta asiática shiitake, que se ha demostrado útil para fabricar ordenadores mediante un proceso de secado del micelio y su rehidratación. "Quizá esto nos dice que podemos bajar capacidad de procesamiento a cambio de tener unas tecnologías que podemos cultivar en nuestra casa, que pueden salir de nuestros suelos en lugar de toda esta locura que explota recursos naturales y humanos para poder subir a las redes una foto de un gatito mono y lo que comí ayer", aventura Cabañes.
"Creo que estamos muy lejos de conseguir una IA responsable, ética, sostenible, pero eso no quiere decir que no sea posible, yo creo que sí es posible. En Jugando en verde no celebramos la IA. La interrogamos para ver si la ponemos al servicio de la vida o la señalamos como forma de extracción —apunta su coordinadora—. Nos enfocamos como una apuesta por habitar el colapso desde la ternura, el pensamiento crítico y el poder subversivo del juego; es una invitación a dejar de jugar para escapar y comenzar a jugar para quedarnos y transformar".
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