La práctica de Cristina Ortega, que se sitúa en el cruce entre lo textil, lo gráfico y lo cerámico, parte del cuerpo como medida, archivo y lugar de pensamiento. Desde ahí surge el sisómetro, un instrumento de patronaje que acompaña la curva corporal y propone una relación entre forma, técnica y materia no basada en la imposición, sino en el ajuste sensible. Frente a la estandarización, su trabajo reivindica la asimetría, la variación y el crecimiento divergente, convirtiendo la herramienta en una tecnología de cuidado.
En "Máquinas blandas", Ortega explora la relación entre cuerpo y técnica desde una inversión decisiva: no busca romper ese vínculo, sino imaginar qué ocurre cuando la tecnología abandona la lógica de la eficiencia y se acerca a la cadencia del cuerpo. Lo que hace es repetir manualmente gestos industriales, pero no para imitar la productividad maquínica, sino para trasladarla a un ámbito poroso, vulnerable e irrepetible, donde el error, el excedente y la imprecisión se vuelven formas de conocimiento.
La artista llama a estas piezas contra-máquinas: herramientas simbólicas que restituyen al cuerpo su capacidad de pensar a través del hacer. Desde una perspectiva crítica y ecofeminista, su obra interroga el lugar de la mano y del gesto en un presente dominado por la autonomía de lo técnico y la aceleración productiva. Así, imagina máquinas que no reemplazan, sino que acompañan; que no producen objetos, sino pensamiento.
La exposición se articula, también, en torno a la tara, el rastro y el residuo. El archivo que Ortega genera está hecho de errores, superposiciones y desviaciones, donde el desecho deja de ser descarte y se convierte en potencia crítica. Esa acumulación cuestiona la perfección industrial y transforma el excedente en un campo de experimentación ligado a la vida, la memoria y la resistencia frente a la alienación global.
Este planteamiento se vuelve especialmente visible en piezas vinculadas a la experiencia familiar en Vecindario, localidad de Gran Canaria atravesada por el sol, el viento, la agricultura intensiva y la explotación del territorio. Bordar la tierra, registrar las huellas del invernadero o traducir fuerzas ambientales a telas y soportes simbólicos se convierte en una forma de preservar memorias amenazadas, especialmente las de las mujeres vinculadas a la zafra.
Barro, tela y papel condensan así una reflexión sobre tecnologías blandas, cuidado y temporalidades no productivas. Las máquinas de Ortega, improductivas y dependientes de la mano, suspenden la utilidad industrial para abrir un espacio crítico donde los restos, las taras y los gestos relegados recuperan sentido y comparecen como vestigio de muchas manos. Texto de Dalia de la Rosa.
Cristina Ortega (Gran Canaria, 1999) articula su práctica entre la artesanía textil y la cerámica. Formada en Bellas Artes y especializada en Historia del Arte Contemporáneo y Cultura Visual, su trabajo se sitúa en el cruce entre el pensamiento crítico y el hacer manual, entendiendo ambos como procesos inseparables.
Descendiente de una familia de costureras y agricultoras, Ortega explora la relación entre cuerpo, herramienta y sistemas de producción desde una mirada situada en el territorio y en los ritmos del trabajo artesanal.
A través del modelado, el bordado y procesos derivados del patronaje, emplea la fragilidad, la repetición y el error como estrategias para cuestionar las lógicas de la eficiencia contemporánea y visibilizar la temporalidad del gesto. Su práctica entiende la artesanía como una tecnología crítica capaz de generar formas de atención, cuidado y resistencia frente a la aceleración heredada de la máquina industrial.
Ha realizado residencias en centros como el CAAM, la Fundación Martín Chirino u OB Studios, y ha recibido premios como Creadores (2021), Plácido Fleitas (2022), Admiranda y Espacio CV (2025), además de ser finalista en certámenes como Manolo Millares o la Bienal FITE. Su obra se ha expuesto en España y a nivel internacional, en ferias y bienales como JUSTMad, FITE Lyon o World Textile Art Miami. En su práctica, Ortega entrelaza hacer y pensamiento para proponer nuevas formas de habitar el tiempo y la materia.
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